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Distancia de Seguridad

Distancia de Seguridad… la que va de mi casa al trabajo, la que queda del despacho a la cafetería a las once de la mañana, la que separa mis coordinaciones con la trabajadora social o con la orientadora arriba, en el instituto, la del educador y el usuario…

Esta última es jodida, ¿no? Bueno, a veces. Personalmente no me cuesta demasiado desconectar cuando ya salgo del curro, cuando tomo una cerveza con los amigos en el bar los problemas de alguna familia no suelen atormentarme o la bronca de mi adolescente conflictivo con su viejo no suele aparecer en mi paseo nocturno con mi pareja.

Creo que es una suerte. El otro día la señora de la limpieza me preguntaba cómo hacíamos para vaciar la mochila (parafraseando al amigo Iñigo) de todo lo que a diario tenemos que chupar. No sé, le respondí, supongo que irá con la persona y, además, es cuestión de saber mantener la distancia, de no implicarse personalmente.

Aproximadamente doce horas después, me tuve que tragar mis palabras. Una usuaria mía se derrumba en medio de la entrevista cuando comenzamos a analizar las posibles causas del comportamiento de su hijo; se derrumba al comprobar que éstas pueden devenir de un abandono cuando él era pequeño y que lo que el menor hace ahora es llamar la atención.

Con la voz entrecortada, esta mujer me narra y describe unas imágenes durísimas, de esas que ponen la piel de gallina y que, evidentemente, no vienen al caso.

– Perdona, se me ha metido algo en el ojo – le dije, mientras me bajaba las mangas de mi chaqueta para que no se vieran los pelos erizados.

Ese día me comí una multa interior. Creo que he perdido puntos de mi carné. La infracción fue no haber guardado la distancia de seguridad. Pero, ¡joder!, hay demasiada gente en caravana, a veces es normal que uno acabe chocándose.

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