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Diario de un Educador: La Llamada

Llamada– Siii
– Alex…
– Si…
– Soy María
– ¡Ah, hola Maria!
– Te llamaba para ver qué tal la entrevista, ¿era hoy no?
– Pues, recién acabo de salir, ya mismo.
– Y…¿Qué tal?
– …la verdad es que bien…bien, pero un poco raro Maria, no sé, parecía como si me intentarán convencer para aceptar el trabajo, no sé, me he sentido un poco raro, creía que me iban a preguntar más cosas, pasarme algún test, alguna prueba…
– Ya pero…¡Alex, es un trabajo en un comedor!, tampoco van a hacer un casting, digo yo.
– Bueno, no sé, quizá tenía demasiado idealizado el momento “entrevista”.
– ¡Ay, ay, ay, este Alex! Tú tranquilo, yo estuve trabajando en un comedor y no es una maravilla, pero al menos te sirve para rodarte, para tomar contacto con los chavales…, vamos, para aterrizar en el mundo real, que ya te toca, me parece a mi.
– Umm…si, si, ya me toca bajar un poco de la nube. Oye, gracias por decirme lo del curro Maria, a ver si quedamos un día y te invito a tomar algo.
– Puede ser… Hacemos una cosa, ¿Tú cuándo firmas?
– El próximo martes.
– Bueno, entonces ¿Qué te parece que quedemos esa semana? Así me cuentas qué tal tus primeros días.
– Me parece perfecto. Eres grande Maria, si tú, tú eres grande Maria.
– Y tú un poco pelotilla, pero que le vamos a hacer…
– Cuídate…, ya te contaré
– Estamos en contacto, suerte…

Metí el móvil, un poco atolondrado, en un bolsillo, ¡Qué tía la María!, me había llamado para preguntarme por la entrevista, ¡Qué detallazo!, me había dejado un poco fuera de juego, no me lo esperaba y la verdad es que Maria…

Decidí que, después de tanta tensión en el momento “entrevista”, me merecía un homenaje. Por un momento posé mis ojos en la tasca con “especialidad” en purgantes con sabor a café, hice un gesto de repulsión, y un escalofrío me recorrió el cuerpo, aceleré el paso para dejarlo allí. En ese momento, recordé que a unas dos manzanas, había un bar donde ponían unos deliciosos bocados para acompañar con una cerveza. Me relamí pensando en la fusión de sabores en mi boca y sin darme cuenta, ya había recorrido más de la mitad de la distancia hacia el café “Brújula”. Seguí a buen paso martilleando los adoquines aquí y allá… ¡cuánto tiempo hacía que no iba al Brújula! ¡Qué recuerdos…!. aquí y allá, hasta que me encontré allí, de pie, esta vez sólo, delante de esa puerta de madera con historia, con historias, con desfiles de vidas ante su celulosa tantas veces barnizada, capa sobre capa, historia sobre historia, delante y detrás de la barra.

No pude evitar soltar un suspiro antes de cruzar. Dentro, un concierto de ruidos, colores, olores, sabores, inundaron mis sentidos, me encontraba a gusto por primera vez desde hacía unos días.
Busqué un hueco en la barra y casi de un salto, me abalance sobre un taburete desde dónde atacar los “pintxos” que, suculentos, me aguardaban.

Allí me encontraba, salivando sin babero, embriagado de olores, sabores, colores, texturas… Alcé la mano para pedir una cerveza al camarero, entonces, alguien me tocó el hombro suavemente… Me di la vuelta…