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Diario de un Educador: Encuentro en el Café Brújula

Barra de barAnte mí, la cara sonriente de Sonia. Hacía tiempo que no la veía y justo hoy, como en un cruce en el que se encuentran caminos, brazos de lugares muy distantes entre sí, le devolví la sonrisa, olvidando por un momento el festín que me aguardaba en la barra.

– ¡Sonia!
– ¡Alex! ¡Qué sorpresa!
– ¡Ya te digo!
– ¿Qué tal te va? Oye, veo que el tiempo te trata bien.
– Ya sabes, Sonia… que soy como el buen vino, que con los años mejoro…
– Y ya veo, que sigues tan modesto – soltando una carcajada y abriendo ligeramente la boca, carmín sobre teclas de profundo blanco.
– No tengo remedio Sonia, ni lo busco, ni sé si existe.
– Estás fatalito Alex, por cierto, ponme al día, que desde que terminamos el curso, sólo nos hemos visto algún día suelto, de fiesta y sin mucho tiempo.
– Pues, todo correcto, más o menos, acabo de salir de una entrevista de trabajo, que ya es hora de ponerse a trabajar…
– Ya, ya, ¿y que estudiaste al final?
– Educación Social, ¿y tú?
– Yo empresariales.
– ¿Y sigues en el grupo de tiempo libre?
– La verdad, es que me paso poco, ando liadilla, pero de vez en cuando les hecho un cable con alguna actividad o con alguna salida. Ya sabes como está el tema de reclutar monitores…
– ¡Aja! Yo la verdad es que estoy bastante apartado del grupo, me fui a estudiar fuera Pedagogía y me salí de monitor, además si empiezo a trabajar con chavales, pues ya como que es demasiado, digo yo.
– No te falta razón, y…. Por lo demás, ¿cómo te va, truhán?
– Ya sabes, chalet, mercedes y una mujer en cada puerto… – mientras dramatizaba con grandilocuentes gestos, Sonia volvió a sonreír, y de qué manera…
– Vamos, que sin novedad, ¿no?
– Así es, ¿y usted alteza?
– Yo, llevo trabajando unos meses en una sucursal de banco, un poco agobiada, pero contenta, ya sabes como está el tema del trabajo…
-… y rodeada de príncipes y opulencia (con guasa)
– Pues no, la verdad es que estoy bastante quemada con tus compadres.
– No hay quién los entienda, yo por eso prefiero entenderos a vosotras.

Después de este comentario se ruborizo levemente.

– …eh, ¡ay Alexiño, que no cambias ná de ná! Bueno, me voy para casa a comer, quedamos un día con más tranquilidad.
– ¡Dakort! (estoy que me salgo)
– Toma mi número, apunta.
– Vale…espera…dime
– 6457685754
– Ya está, listo (acerco su sonrisa a mi cara rozando levemente ambos lados de mi rostro…)
– Te llamo Sonia, cuídate…
– Tú también, truhán…

Y sin más, se volvió ocultando su sonrisa entre los olores, vapores, tejidos, sonidos y vaivenes del “Brujula”, en dónde curiosamente, me encontraba perdido, entrelazado en pensamientos más propios de la madrugada del viernes que de un taburete arrimado a la barra.

Desperté por fin de mi dulce letargo y ataqué un pintxo de jamón de pato con mermelada de frambuesa mientras pedía una cerveza. En apenas una mañana había atado dos encuentros con dos chicas más que interesantes, María y Sonia, estaba en racha y no iba a ser tan inocente como para no aprovecharlo. Esta lección, hacía tiempo que la había aprendido.

Volví a mi vida cotidiana de mucho de nada y algo de poco y aunque oxidado, el reloj prosiguió su camino hasta el alba del siguiente martes, el día de la firma del contrato.

Había estado pensando a quién llamaría en primer lugar, pero este día mi mente estaba monopolizada por las cuestiones que debía plantear en la reunión para que no quedase ningún fleco suelto y quedarme más tranquilo. Tema sueldo, tema de categoría profesional… no estaba dispuesto a que me diesen gato por liebre. Quería, por lo menos, tener lo más claro posible en dónde me metía.

Repetí el trayecto de la semana pasada, como un depredador sigue el rastro de su presa, paso a paso, sin cesar en mi empeño de cincelar las preguntas que quería hacer sin falta.

Apreté el timbre con el índice derecho, doblándose la falange levemente al tiempo que sonaba un chirrido agudo. Esperé unos segundos, al no observarse movimiento alguno, volví a apretar de forma más prolongada; nada, otra vez, otra, me estaba poniendo nervioso, las preguntas en mi cabeza danzaban, se entrelazaban, se mezclaban en un chirrido más agudo aún que el del timbre, ¿qué era lo que quería preguntar?, respiré hondo, la puerta se abrió, anunciada por unos pasos apresurados…

– Pasa Alex…