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La Carrera no me Convence

DudaValla M… de carrera. Yo me esperaba otra cosa, ¿Para qué sirve esta asignatura?, ¿no debería haber más práctica?

Estos comentarios podrían estar ahora mismo rondando por las mentes de cientos de futuros educadores y educadoras sociales.

Yo por mi parte, aunque ya hace unos cuantos años que terminé la carrera, siendo entonces la segunda promoción que recién horneada se enfrentaba al mundo real de la educación social, tengo la sensación de que achacábamos las limitaciones de contenido y vivenciales de las que adolecía la carrera, a su corta vida y a que se había generado como una carrera de crecimiento “0”, es decir, que no se asignaban nuevos recursos para su creación.

De este modo, se veía afectado el ámbito docente, siendo los profesores y profesoras reciclados de otras carreras, como magisterio o sociología, y muchas veces sin tener lazos, conocimiento o siquiera sensibilidad con el mundo de la educación social, hecho que repercutía negativamente en la “calidad”, “idoneidad” y “aplicabilidad” de los contenidos, dando la sensación de que el currículo de la carrera estaba débilmente apuntalado con un débil andamiaje.

No pocos sinsabores nos produjo tal hecho, además de desmotivarnos en gran medida. Lo único que nos salvó del ostracismo entre charlas y manos de cartas en la cafetería, fue nuestra esperanza de que una vez acabada la carrera, veríamos realmente lo que nos depararía la educación social y veríamos al fin justificada nuestra elección.

Una vez aprobado el tercer curso, tal era la desnudez que sentíamos, tal era la inseguridad con la que nos movíamos, que algunas personas optaron por dedicarse a otros menesteres u otros como un servidor, optaron por apuntalar un poco el bagaje formativo, realizando el segundo ciclo de pedagogía o psicopedagogía.

Pasados ya unos años, yo esperaba que las cosas, como sería lógico, deberían haber ido avanzando en el camino correcto, pero, lejos aún de esa lógica, la realidad de la carrera de “Educación Social” en mi facultad apenas había cambiado.

Todo surgió el otro día hablando con una compañera de trabajo recién aterrizada en nuestro barco. Como es normal, le pregunté qué había estudiado, dónde, etc. Ella me comentó que había estudiado en mi misma facultad, hecho que activó en mí la necesidad de conocer a grandes rasgos la radiografía de la situación de la misma.

En cuanto empezamos a hablar sobre el profesorado (apenas habían cambiado a ningún docente) y sobre el interés, aplicabilidad y razón de ser del currículo…, no pude por menos que soltar un: “¡Qué desastre!”

Habían pasado la friolera de siete años y la situación apenas había mejorado. Aún así, para los y las educadoras que se encuentren en esta situación, que aún no hayan terminado o que recién lo hayan hecho, yo les mando una barca salvavidas en forma de mensaje.

“La educación social, se aprende, se ama y cobra vida a golpe de pasos en la realidad”.

Dicho esto, espero que los y las estudiantes de esta maltratada profesión nuestra se reconforten, aunque sólo sea un poco, sin ser óbice para que entre todos y todas luchemos para que mejore la calidad de nuestra formación.

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