Tags

Related Posts

Share This

Diario de un Educador: 1,2,3…¡Acción!

EscaleraComo una bandada de palomas asustadas, mis compañeras de trabajo revolotearon alrededor de la mesa, despojándose aquí y allá de sus ropas, sonriendo algunas, saludando otras, con la mirada perdida, nerviosas, más de dos.

Ahí delante estaba Isabel con cara sonriente, sus mechas le caían en rizos sobre su rostro, ocultándolo en parte y dando como resultado un tic característico cada 30 segundos aproximadamente, como quién corre una cortina.

– Soy Isabel, tú debes de ser Alex. Ayer me comento Ander que vendrías.
– Así es, estoy un poco nervioso, no me han explicado mucho..
– (Cortándome) Tú tranqui, que pronto cogerás el tranquillo, pregunta lo que quieras, vamos a estar los dos juntos todo el rato, así que ¡No problem!
– Muchas gracias, se agradece, y me gustaría…
– (Cortándome una vez más) Ahora tenemos prisa, me vas preguntando, tenemos que recoger a los de nuestra clase y bajarlos al patio.

Me estremezco, alguien me toca en el hombro. Es Ander que sostiene una camiseta roja en la que nadan letras blancas (Educom).
– (con tono de guasa) Toma, “el uniforme oficial”
– ¡Vamos Alex, avanti, que no llegamos!

Sin dilación, Isabel remonta el vuelo y debo apretar el paso para poder seguirla, 1º a la izquierda, 2º a la derecha, 3º a la izquierda, escaleras, peldaños, pasos, 4º piso, se me entrecorta la respiración, ¡vaya ritmo subiendo escaleras! Isabel, tan tranquila, parece como si nos hubiésemos teletransportado desde nuestra sala hasta la puerta de 2º C.

Se gira sobre sí misma dando la espalda a la pared, abre su sonrisa habitada de danzantes dientes y suelta un escueto.

– ¡Ya estamos!
– ¡Oye! ¿y qué se supone que hay que hacer?, ¿y cómo hay que hacerlo? Ahora salen, y…

Estaba nervioso, desorientado, me sentía como si me hubiesen soltado en una selva remota, lanzado desde un avión, sin instrucciones, sin mapas, ni razones.

– Tranqui, hoy te fijas en lo que haga. Ahora tienen que colocarse en fila contra la pared según salen a la derecha, esperamos un par de minutos a que se callen y salimos hacia el patio siempre por el lado de la pared.
– Y… ¿Nosotros dónde nos colocamos?
– Ya me pongo yo delante y tú detrás del último, ¿todo controlao?
– Más o menos (Me temblaban un poco las piernas)

Dentro se oía el barullo de las mesas, el arrastrar de las sillas, mezcolanza de voces, cientos de ruidos superpuestos formando una estresante banda sonora que no ayudó en nada a mis nervios. La tensión estiró mis fibras hasta el límite, la puerta se abrió en un movimiento rápido de manecilla que mide los segundos. La larguirucha profesora salió con paso apresurado y detrás, sin pausa, los pequeños pies inundaron el pasillo dando cuenta de casi todos los rincones del enlosado. La banda sonora se extendió y se potenció hasta el infinito, uniéndose todas las clases en una competición de decibelios. Mis nervios empezaban a dominarme y tuve la idea de largarme, de correr detrás de aquella profesora escaleras abajo y librarme de ese estruendo…

Pero ahí estaba Isabel Para traerme de vuelta:
– ¡Alex, vamos allá!

Las diferentes educadoras fueron llamando al orden al alumnado, llamándoles por sus nombres propios.

Como el viento amontona las hojas en el otoño, los muchachos y muchachas se fueron amontonando con mayor o menor orden junto a las paredes y ya estábamos andando escaleras abajo, casi corriendo, yo veía los rizos de Isabel votar a lo lejos como un faro. Oía el trotar de los “piececitos” cuál truenos en mi cabeza, estaba flotando.

Apenas hice caso de los comentarios con puntos suspensivos que a mi alrededor se vertían:
-¿Quién es éste? – Debe de ser el nuevo – ¡Mira que cara de pringao tiene! – ¿Dónde está Nerea? – ¡Hola! – ¿Y tú?…

Llegamos a la puerta del patio, que absorbió el torrente de niños con inusitada voracidad y me detuve junto a la sonrisa de Isabel, tan abierta que por un momento me pareció de otro mundo.

-¿Qué tal? – Me preguntó con gesto comprensivo.
– Un poco perdido la verdad…

El resto de ese día fue como un sueño, flotando, sin ubicación clara, difuminado dentro de un lienzo nítido. El timbre dio paso al comedor, el timbre dio paso al patio, el timbre dio paso a las clases y al final de mi primer día de trabajo.

Casi sin tiempo de comentar algo con mis compañeras, se reinició el revoloteo en la sala. Cogiendo éstas sus ropas antes abandonadas aquí y allá y con un escueto ¡Hasta mañana! O un ¿Qué tal? Desaparecieron de la sala, al igual que yo mismo tras unos segundos.

Dejé la puerta, el edificio, el ruido, los “piececitos” detrás de mí, aunque aún tardé un rato en borrar la tormentosa banda sonora de mi cabeza. Necesitaba contárselo a alguien. Cogí el móvil y marqué el numero de Sonia. Comunicaba. ¡Mierda!

Mañana sería otro día, tenía que espabilar. Ahora, un respiro, un kit-kat, una llamada…¡Comunica, comunica! ¡Será posible!

Mi primer día…