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Emulando a Tote: Mi Primera Experiencia en la P… Calle

Skatepark

Emulando a Tote. Me dio envidia sana el texto del compañero y amigo acerca de sus primeras impresiones y experiencias como Educador de Calle. Yo también lo fui. Quién lo diría, eh, Tote, después de ese pequeño debate que tuvimos en casa de Asier, en medio de la pitanza que nos preparó (por cierto, Gabi, si lees esto, pásanos las fotos)… Estoooooo, debate decía, sí, diálogo (más bien) en el que yo defendía más la intervención familiar y veía el trabajo en el medio abierto como algo más complementario, mientras que Iñigo sacaba a relucir su vena callejera

… estoooo, sí, yo también fui Educador de Calle, decía. Fue hace más de seis años, casi siete ya (mamma mía!!) Allí aterricé, en aquel barrio, con la advertencia de mi por entonces coordinadora en torno al miedo. Un equipo socioeducativo nuevo en el barrio y allí, el Lucce, de Educador de Calle o Medio Abierto, que queda como más cool.

Y allí Amaia, mi compañera y amiga, de Educadora Familiar, haciendo equipo con el menda. Y Jesús y Arene, en el otro barrio del pueblo, con el culo pelado de calle, centros, actividades, chavales, mujeres, hombres y demás especies.

Y nada, a empezar a patear, dos días a la semana, visitando parques, salones recreativos, callejones porreros, dejándome ver entre la juventud de la zona.

– Pensarán que eres maricón o cura – me decía Jesús. Y me recomendaba, así, como quien no quiere la cosa, que me sentara allí, delante de una cuadrilla a comer pipas o a fumar un pito tras otro, tan tranquilo, con la imagen de los macarras del barrio haciendo sus lucubraciones sobre mí.

El propio Jesús me acompañó alguna que otra tarde en esos paseos y me ofrecía su hombro al comprobar que cada día que pasaba me iba frustrando más al ver que no conseguía hacer ningún contacto.

– Tranquilo, todo llegará. Dentro de poco te hartarás de chavales.

Dicho y hecho. La premonición de Jesús se cumplió al de poco. Una tarde, temprano, casi después de comer, iba el que abajo firma caminando cuando, de repente, vi a un grupo de unos cuatro o cinco adolescentes enfadados, gritando a una ventana vacía, mientras otros dos facilitaban sus datos a un agente de la policía municipal.

Al parecer, los teenagers habían estado pintando con graffiti la pista de skate del barrio y una vecina muy desactualizada llamó a las fuerzas del orden para reprender a los jovenzuelos.

Ahí estaba mi oportunidad:

– Pero, ¿qué ha pasado?
– Una puta vieja que ha llamado a la munipa porque nos ha visto hacer un graffo en el skatepark… ¡¡Asquerosaaaaaa!!
– Ya…, vaya movida…, es que la peña no sabe que una pista de skate queda mucho más guapa con unos graffitis curraos.
– Zorra de mierda… – soltaba otro.
– Pues, casualidades de la vida – me zambullí – yo soy educador social, trabajo con jóvenes para el Ayuntamiento y quizá puedo hacer algo para que os dejen pintar sin problemas el skatepark, siempre y cuando os curréis unos dibujos guapos.
– Venga ya, ¿qué dices?
– En serio, si no me creéis acompañadme al centro social de aquí al lado y comprobaréis que allí hay un local para jóvenes al que, por supuesto, estáis invitados. Allí, podremos preparar mejor lo de los graffitis en la pista…

Como os podréis imaginar, ese día me volví solo al centro. Ya estaba desesperado. Pero, heme aquí que, dos tardes después, me topo con dos chavales de esa cuadrilla y me saludan, aunque no con excesiva efusividad. Y dos días después en el local que se presentan y preguntan por lo de los graffos y empiezan a jugar a ping-pong y, semanas después, se corre la voz y, en efecto, al de año y pico como educador de calle deseaba volver a ese estado de semi-soledad en el que estábamos la calle y yo, respetándonos.

A grosso modo, esta fue mi primera experiencia como Educador de Calle. Ah, y si os lo estáis preguntando, el skatepark quedó impresionantemente pintado por parte de unos chavales del barrio.

Snif, qué recuerdos…