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¡Mamá, quiero ser Educador!

¡Mamá, quiero ser Educador!¡Qué cabreo cogieron cuando les dije que quería ser educador! Sobre todo mi padre, que intentó reprimirse en un primer momento, pero no pudo evitar que saliesen de su boca palabras ininteligibles encadenadas con diversos y profundos bufidos.

Por supuesto, esto sólo fue un preludio de lo que aconteció a continuación. Así, estalló en cólera, recriminándome lo que había luchado por mí, las que tenía que haber pasado para que yo estudiase, que no sabía como se lo agradecía así, estudiando una carrera que ni se sabía para que valía, con la que no podría ganarme la vida, ¿de qué iba a vivir?, me decía. Mientras tanto, mi madre callaba, agazapada, sin apoyar a mi padre pero con expresión de aprobación en su rostro.

Yo sabía que mi padre siempre había querido que yo fuese ingeniero, que un hijo suyo fuese ingeniero. Él admiraba y odiaba al mismo tiempo a los que toda su vida le miraron por encima del hombro y le hubiese gustado que yo hubiese pertenecido a ese grupo, quizá un poco para desquitarse. Y claro, yo le venía con lo de la educación social, algo que no comprendía, que le sonaba a chino, que en nada se parecía ni de lejos a lo que a él le hubiese gustado. Desde luego, era comprensible su enfado, pero yo no me veía trabajando de ingeniero, nunca me ha gustado trabajar con números, planos, vamos con cosas inertes. A mí lo que me va es trabajar con personas, siempre ha sido lo que más vivo me ha hecho sentir y no quería iniciar un camino que me alejase de ese mundo y más pensando en el tiempo que dedicamos en nuestra vida a trabajar.

Más tarde, vino mi madre a hablar conmigo en un tono más conciliador, pero también un tanto temerosa y desconfiada con respecto a mi opción. ¿Y a qué dices que se dedican?, me preguntaba y yo, más o menos, con mis pocos conocimientos de entonces, le respondía como podía, pero eso sí con un sentimiento, con una palpitación, si queréis algo camicace, de que ése era mi camino.

Mi madre, aunque no muy convencida, me dijo que me informara bien y viese las posibles salidas, que si estaba seguro me apoyaría y que ya hablaría con mi padre.

El tiempo fue pasando y no cejé en mi empeño. La postura de mi padre se fue flexibilizando aunque, de cuando en cuando, me soltaba alguna indirecta nada tangencial.

En definitiva, no tuve mucho apoyo en el preámbulo de mi iniciación como educador social, más aún pensando que, por entonces, la valoración de esta profesión era muy precaria.

Siendo así, ahora me hallo ante vosotr@s sin arrepentimiento y con mi mochila llena de experiencias que hablan de quién soy. A pesar de las flaquezas, sigo pateando, paso a paso, y me alegro de mi decisión, ¿pude tomar otra?

Dedicado a tod@s aquell@s que un día apostaron, que hoy apuestan y que apostarán por la educación social.