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Diario de un Educador: Primera Semana

PilloLa primera semana de trabajo la pasé en una nube rápidamente impulsada por un viento huracanado. Casi por inercia, sin haber sido consciente de mis actos, había llegado el timbre que marcaba el inicio temprano de mi fin de semana.

El trabajo había ido más o menos igual toda la semana. Aún no me había hecho con las riendas de la situación. Isabel llevaba la voz cantante y yo era un mero coro en mi menor. De hecho, hoy mismo, un chaval de cara avispada, Chema, me la había jugado bien. No quería comer un par de filetes de lomo, que dicho sea de paso, no tenían muy buena pinta. El caso es, que finalmente me tuve que quedar con él una vez que todos marchasen en estampida hacía el patio, hasta que por lo menos se comiese una de las dos tajadas.

Pasado un tiempo, Chema me pidió por favor que le trajese agua para poder tragar su trozo de suplicio. Acto seguido, cogí la jarra para llenarla en la fuente que había dentro de la propia sala.
En cuanto me di la vuelta, ¡Oh sorpresa! Una de las tajadas había desaparecido dejando huérfana a su compañera sobre la loza blanca. Acto seguido, Chema, con una sonrisa abierta en su rostro, me pidió permiso para reunirse con sus compañeros en el patio después de haber engullido su indeseable presa.

Yo, un poco desubicado, le dejé marchar incluso sin recoger el plato, un poco aturdido, con cara de tonto y con la jarra llena de agua en la que se reflejaba mi expresión.
Me dirigí a la mesa y en cuanto levante el plato, algo se desprendió de la base del mismo, impactando sordamente contra la mesa. ¡Ahí estaba! La tajada escapista de lomo que se había ocultado hábilmente, escabulléndose de su descuartizamiento y cata. ¡Será posible! Chema me la había jugado bien y había quedado como un primo.

Esta anécdota, es fiel reflejo de mi primera semana de trabajo, ¡más verde que un brécol! Desde luego debía espabilar sino quería que me tomasen por el pito de un sereno.

Con esta historia empecé mi conversación con Sonia en el café “Encuentros” esa tarde.
Ella me llamó el martes disculpándose por no haber podido cogerme el teléfono el día anterior, aunque sin dar explicación alguna.

Y allí estaba, delante de una preciosa sonrisa teatralizando el suceso de la tajada de lomo escapista que se desprendía de debajo de mi pequeño plato de café, poniendo una cara exagerada de bobo al más estilo Jim Carrey…

– ¡Te debiste sentir fatal! Yo llevaría muy mal que me tomen el pelo Alexiño.
– Bueno, supongo que es el peaje que debo pagar por ser un “novato”…
– ¡Ya te digo! Pero tranquilo, que tu en cuanto te sueltes un poco, te los ganas a todos con el desparpajo que tienes…
– Ya, pero no es lo mismo estar aquí, ahora…contigo… que estar con esas fierecillas (esto se lo dije con cierta expresión de gatito bueno)
Noté como se ruborizo por un instante, pero rápidamente recuperó la compostura, como si sólo hubiese sido un reflejo.
– ¡No problem! Verás que lo tienes todo controlao antes de lo que esperas.
– (Dramatizando una vez más)¡Sólo con tu a poyo bella princesa, podré hallar las fuerzas que me permitan dominar estas fierecillas!
Lo había conseguido nuevamente. Una carcajada broto redondeada por sus labios.
– Eres un caso, no puedo contigo.
– Bueno, tengo mis momentos, pocos pero algo…haberlo haylo. Por cierto, que hemos hablado mucho de mí. ¿Qué tal te va en el maravilloso mundo de la banca? (Tras oír la pregunta, frunció levemente el ceño)
– Como dice la canción, todo sigue igual, meto más horas que un adicto al juego, y todo para que me paguen malamente y me lo agradezcan cero. Pero estoy aprendiendo mucho y prefiero quedarme con eso…
– Haces bien
– Si, no se cuanto tiempo estaré trabajando aquí, pero tengo claro que al principio me tocará pringar más o menos como todo el mundo. Ya llegará el momento de exigir más.
– Si, tu siempre has sido muy exigente, sobre todo con tus pretendientes (Su rostro reflejo una leve sonrisa con una pizca de reproche)
– ¡ay Alexiño, que no cambias na de na!
– Pero…¿ te gustaría que cambiase? (un poco en tono de burla)
– ¡Me tienes contenta truhán!

Seguimos conversando largo rato acompañados por el trasteo del bar, mientras se apilaba un pequeño ejercito de vasos vacíos sobre la sólida barra. Yo me sentía flotar por momentos entre las pequeñas islas blancas de su sonrisa y el mar de jugo de cebada, sin rumbo, sin preocupaciones…la semana en el comedor era poco más que una mota de polvo en el horizonte y por un momento olvidé que el lunes siguiente tenía trabajo que hacer…

– Qué, Sonia, ¿tomamos otra?
– ¡Tú lo que quieres, es emborracharme para aprovecharte de mí!
– ¡Me has pillado! ¿Qué puedo decir?

(Nos miramos)