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Yo no quería ser Educador

PeriodistaYo no quería ser Educador Social. No, amigos. De pequeño, como muchos otros niños, mi perspectiva infantil me sitúo como veterinario, mecánico y, si no recuerdo mal, hasta como informático. Obviamente, a esas tempranas edades, es casi imposible apuntar hacia una profesión como esta nuestra.

Pero, llegado 2º o, más bien, 3º de BUP encontré mi verdadera vocación: Periodista. Quería (y quiero) ser periodista. Redactor, locutor, presentador, reportero… da igual, me gustan todos los medios de comunicación. Ya estaba. Decidido, en cuanto acabe el insti, a la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación a formarme en esta bellísima carrera.

Pero, ¡ay, amigos!, las notas medias del Bachillerato, junto a un más que notable resultado en el COU y una floja selectividad arrojaron una media de 6.32 que me dejó a 3 centésimas (sí, han leído bien: 0.03 puntos) de mi ansiado acceso a la carrera de Periodismo.

Este inesperado hecho me descolocó sobremanera; más que nada porque en la hoja de preinscripción a la universidad no me planteé ninguna otra titulación. A pesar de ello, sí que había rellenado las 5 casillas restantes con sus 5 respectivas carreras:

1.- Periodismo
2.- Bellas Artes (¡mamma mía!)
3.- Educación Social
4.- Comunicación Audiovisual
5.- Publicidad
6.- Historia del Arte

El hecho es que yo no me veía estudiando ninguna de las que acompañaban a mi primera opción: yo no podía ser artista, ni educador, ni publicista, ni historiador… Yo tenía que ser periodista.

Ante tal perspectiva, protesté, tratando de hacer ver que quebrar un sueño por tres putas centésimas no era justo. Mis demandas cayeron en saco roto y no me pude matricular, en aquel lejano junio de 1999, en Periodismo.

En tal tesitura me tocaba decidir: esperar un año a ver si el siguiente curso la nota de acceso a esta licenciatura bajaba o matricularme en alguna de las otras (a excepción de Publicidad y Comunicación Audiovisual, para las cuales tampoco me llegaba mi calificación) en las que me había preinscrito.

Así, decidí descartar Historia (aunque sea una materia que siempre me ha apasionado) por su negativa perspectiva laboral; me quedaban Bellas Artes y Educación Social. De la primera me atraía el rollito guay, bohemio e interesante que me permitiría ligar con un montón de chicas interesantes, pero, realmente, siempre he sido un torpe en manualidades, dibujos y demás familia. Por su parte, respecto a Educación Social para mí era una titulación ignota, de la que apenas conocía nada, a excepción de que estaba orientada al trabajo con colectivos desfavorecidos.

He de reconocer que siempre he tenido una especial sensibilidad hacia causas de carácter solidario y que, ya en mis años adolescentes, estuve vinculado a diferentes entidades relacionadas con el pacifismo o con grupos de tiempo libre (en donde ejercí de periodista editando una revista, todo sea dicho de paso)

Ante tales antecedentes y por mi propio perfil…mmmm… digamos… personal (?), me matriculé en Educación Social y realicé esta diplomatura de la que tanto escribimos por estos lares.

Con todo, hoy es el día en que todavía me arrepiento de no haber esperado un año y haber frenado mis ansias teen de acceder a ese (para mí, en aquel momento) ente supremo que era la universidad.

Pero claro, hoy es el día en que me alegro de haber estudiado una titulación que me hizo cambiar numerosos preceptos personales, que mi hizo abrir los ojos a realidades antes desconocidas, que me hizo conocer el amplísimo potencial con el que contamos todas las personas, que me hizo (aunque suene superficial) acceder pronto a un puesto de trabajo…

Pero, sobre todo, me alegro de ser Educador Social por encontrarme por la calle con chavales a los que me doy cuenta que he ayudado, que me agradecen, con la perspectiva que les da el tiempo, todo lo que les apoyé en su momento, que se abrazan a mí, aunque sean tipos macarras de 21 años, por los momentos compartidos en nuestra relación educativa… Eso, amigos, es algo incomparablemente gratificante (aunque suene pasteloso) que no sé si habría encontrado en la redacción del periódico de turno.

En fin, con toda esta extensa entrada, vengo a poner sobre la mesa el valor de la vocación en nuestra profesión: ¿el educador y educadora social nace o se hace?, ¿se puede ser Educadora o Educador Social sin vocación? Yo les digo que sí, pero quizá ustedes discrepen.

PD: que sepan que estoy a punto de acabar la carrera de Periodismo y que quiero evaluar las vías en las que poder unir, de una forma u otra, ambas profesiones. ¿Me ayudan?