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Diario de un Educador: Un maldito balón en medio del patio

BalónTras mi primera semana en el centro, poco a poco fui sintiéndome más integrado. Mis compañeras pasaron de ser sonrisas anónimas a ser caras con nombres e historia. Así por ejemplo, Carmen, que estaba con 2º A, había terminado educación social hacía más de tres años, pero a falta de algo mejor, llevaba algo menos de 2 años en el comedor. Era sonriente y positiva. Desde que la vi, me entró por buen ojo. No sé si os pasará a vosotros y a vosotras, pero hay veces que con una primera mirada, parece bastar para saber de qué tipo de persona estamos hablando, como si hubiese personas que dejasen en sus pupilas la puerta abierta hacia su interior. En cambio, hay otras, como el caso de Miriam de 3º C, que por más que mires y remires, no alcanzas a ver que hay detrás, es como un espejo que refleja todas las miradas. Y el caso es, que Miriam se mostraba afable, con una conversación fluida, pero parecía ocultar algo, era como si alguien en mi cabeza me dijese, ”- ¡esto no es todo amigos!”

En mi segunda semana, también fui haciéndome con las y los chavales. Nunca se me ha dado bien quedarme con los nombres, pero no había cara que no almacenase en mi CPU. Los comentarios interrogativos de los primeros días preguntando sobre mi procedencia fueron cesando y empecé a conocer más chavales además de a Chema el ilusionista de las tajadas de lomo. A tal efecto, la hora de patio era el espacio más adecuado, ya que estaban más a su aire, jugando aquí y allá, y había más oportunidades de acercarse y charlar un rato.

En una de mis rondas surgió como un bache inesperado, una pelea entre dos grupos de chicos y chicas por la preciada propiedad de un balón de fútbol. Por un lado, las chicas les gritaban “dulzuras” a ellos y les reclamaban la esférica bola diciendo que ellas la habían cogido. Ellos, en cambio, hinchaban pecho y desafiantes se burlaban pasándose el balón de uno a otro.
En un principio, hice la del cangrejo: un paso para adelante y dos hacía atrás un par de veces, indeciso, sin saber cuál podría ser mi papel en esta escena. Finalmente, tomé aire, me situé en medio de los dos bandos y alcé mi voz, que me traicionó con un gallo de los que hacen época:

-¡Os queréis tranquilizar! (+ gallo)

Me sentí como un cristal en un escaparate. Sus miradas me atravesaban como si no estuviese ahí. Sólo existían: las chicas, los chicos y el balón, como una metáfora del día a día.

-¡A ver! ¿Queréis contarme lo que pasa? (sin gallo esta vez, ¡menos mal!)

De forma milagrosa, parecí recuperar mi visibilidad y la chica que estaba al frente de su grupo, que por cierto era de mi clase, aunque no me sabía su nombre, empezó a hablarme atropelladamente…

-Es que éstos se creen los amos de todo…y….nosotras habíamos cogido la pelota…y…cogen y…nos la quitan y punto…y

El cabecilla del otro grupo la interrumpe

– ¡Ya está la niña quejándose al profe! Si vosotras, siempre tenéis el balón y no nos dejáis jugar nunca…

-No es verdad, porque…

En ese momento, intervine para intentar poner orden. Mi plan tenía dos opciones:

a) Intentar que jugase todo el mundo.
b) Que la mitad del recreo jugase uno y la otra mitad el otro.

Así, de inicio, me pareció una buena idea, pero en la práctica… para no faltar a la verdad, ¡no me hicieron ni puto caso! Vamos, que me retiré con las orejas gachas e incapaz de dominar la situación, salvado únicamente por el chillido más autoritario del timbre.

Me sentí vació, incapaz y falto de fuerza. No me habían hecho ni caso, no había sabido cómo afrontar la situación y me había superado.

Me dirigí a la sala a cambiarme y salvo para soltar escuetos “hasta luego” no despegué mis labios.

Salí del centro con pies de plomo, avanzando por inercia, arrastrando mis ideas y mi mirada gris. Fue duro enfrentarme con mis límites, fue duro mirarse en el espejo de las imperfecciones, pero al fin y al cabo, eso era lo que había… Un maldito balón en medio del patio.