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Diario de un Educador: Mi primera reunión en el Manolo G

Mi primera reunión en el Manolo GEsta vez, el escenario elegido fue distinto; el Café Manolo G, distinto nombre, iguales protagonistas. Sonia jugaba a enroscar y desenroscar un rizo en un bucle sin fin. Sus ojos mostraban un brillo más allá de la propia atención. ¡Quién sabe! Yo, desde luego, no me aventuraba aún a descifrar dicho código-brillo. Pero estaba ahí delante, y todo parecía rodar como una rueda cuesta abajo. Lo importante era estar, no esconderse y mirar esos ojos…

Mientras sonaba “Nunca el tiempo es perdido”, mis palabras desfilaban desordenadas contándole a Sonia la primera reunión de coordinación a la que había asistido desde que empezara en el comedor…

– Pues sí, allí estábamos todo el equipo, 16 educadoras, dos educadores y Javi. Todos reunidos, apelotonados, estrujados en torno a una mesa. En serio, había ido muy tranquilo, pero me estaba agobiando. Suerte que me senté al lado de Carmen, que me comentó una anécdota sobre su gato, que le había meado encima al hermano menor de su novio el día anterior. Era la primera vez que los visitaba, y se tuvo que ir a su casa con olor a meados. Estaba segura de que iba a dar un informe sobresaliente a sus padres y sobre todo con buen aroma. Desde luego, como podrás imaginar, me eché unas risas y se me pasó el agobio.
– Sí que parece maja esa tal Carla, ¿no?
– Sí, pero se llama Carmen.
– Bueno y cómo fue la reunión, ¡que te enrollas más, Alexiño! – con una sonrisa abierta en el rostro. Afuera, en el bar, sonaba “La Chica de ayer”.
– Entonces, finalmente, Javi empezó a hablar, nos comentó que todos los años se solían hacer talleres después de comer, para aquellos que se apuntaran. Nos contó que otros años, se habían hecho por ejemplo, talleres de papiroflexia, de percusión o de rol. Y claro está, este curso, también tenían idea de realizarlos. Nos lo vendió como que era la parte más educativa y que era una oportunidad para sentirnos como verdaderos educadores y educadoras.
– Y tú, qué vas a hacer: ¿un taller de cómo ser actor, truhán y golfillo a la vez?
– No hubiese sido mala idea, doy el perfil, ¿verdad? Pero no, me ofrecieron hacer el taller de rol con un grupito que ya era asiduo a dicha actividad desde el curso pasado. Yo, la verdad es que nunca he hecho de Master, pero imaginación algo tengo, así que espero salir airoso.
– ¿Qué es eso de ser Master? ¡Me suena a chino!
– Nada, viene a ser el que se inventa, guía la historia y establece las reglas de juego.
– Sí, ya veo, vamos que seguro que te montas un juego de rol de ligoteo, conociéndote… – mirándome con cara de perraca.
– No sé, no lo veo, que luego hay mucha competencia, y no está el horno para bollos – soltó una carcajada que ilumino el Café Manolo G como una estrella fugaz.
– El caso, Sonia, es que nos lo puso todo muy bonito, pero no tenemos tiempo para preparar las actividades en horario de curro. Vamos, que lo vamos a hacer por la patilla. Aunque por otro lado, por lo menos así hacemos que somos educadores por un rato.
– Bueno hombre, así vas cogiendo experiencia, ¿no?
– Ya, pero es que me hace mucha gracia cómo se adornan las cosas en esta profesión. El vestido; que si es una gran oportunidad de ejercer como educador, que si es una forma de fomentar la creatividad entre los chavales… La realidad: que vas a trabajar más por la misma birria de dinero.
– Ya, pero ahora estás empezando Alex.
– ¡Lo sé! Pero es que me jode que lo vistan de seda. Que nos digan, que si queremos, tenemos la posibilidad de hacer talleres, pero que no nos pueden dar ni tiempo para prepararlos, ni más dinero por hacerlos. Y luego, cada uno que decida lo que quiere. ¿O no es así?
– Tienes razón, somos así, armados de eufemismos nos incomunicamos.
– ¡Bueno! Menuda filosofada que te ha salido, ahora no me vendrás con el “Ser o no ser educador”… – con tono de burla.
– ¡No, que va! No osaría insultar tu ignorancia.
– ¡Qué te meto eh! No insultes a este truhán, que te empiezo a cantar mi repertorio de Camela y la tenemos.

Ya estaba sonriendo otra vez. Todas las luces parecieron atenuarse y difuminarse en un fondo mudo en el que quizá sólo se alcanzasen a escuchar algunas notas de “Somos levedad”.