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¿Doble Moral?

Palacio OriolNuestra profesión siempre se ha caracterizado, desde sus más remotas influencias asistenciales y caritativas, hasta su concepción más moderna, educativa y crítica, como una profesión facilitadora o auxiliadora de las personas con problemas (inadaptación y exclusión social, menores desprotegidos, toxicomanías, enfermedades psíquicas o discapacidades y el largo etcétera que todos manejamos y a veces olvidamos). En resumen, comulgamos (metafóricamente y para satisfacción de Rouco Varela) con algunos ejemplos o filosofías de vida, como consejeras o muestra de cercanía con el otro/a, en este caso, mayormente desfavorecidos.

Parto de la base que somos como somos y de diferente condición cada uno de los que trabajamos en la Intervención Social y participamos en este nuestro blog , y seguramente no se comparta conmigo esta apreciación (de no ser así, me mosquearía) pero creo que si existe un sentimiento común, no del todo compartido, de que para hablar de algo, una realidad o una situación desfavorable, es necesario conocerla bien e incluso inmiscuirse lo suficiente en esa realidad, ese barrio, esa problemática, para poder mamarlo y saber lo que se cuece, lo que sienten, piensan, padecen, viven…

¿Que por qué digo esto que puede parecer tan obvio? Releyendo una de las infinitas teorías, reflexiones y curiosidades que nos envuelve la profesión, me encuentro a alguien desconocido, anónimo/a, pero seguro que también compañero, que se sorprende del recinto donde se están celebrando las Jornadas sobre Exclusión Social de Santurce (Vizcaya) en estos últimos años. El Palacio Oriol (el de la foto) es el objeto de discordia. Se pregunta irónicamente, y no sin razón, este compañero/a, si un Palacio es el lugar más idóneo para debatir, reflexionar y trabajar en aras de un tema tan sensible, universal, desigual e injusto como la Exclusión Social. Pues qué quieren que les diga: Que me parece un mal chiste.

A colación de esta historia, me viene a la mente otra pasada. Esta vez una circunstancia personal. Corría el año 99 y yo colaboraba en una escuelita de barrio en las laderas de Medellín, junto a una orden religiosa; apoyo escolar, algo de enseñanza no formal, para niños/as pobres en su mayoría, excluidos o fuera del sistema escolar. Los Hermanos de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta, que, como su nombre indica, practican o ejercen de pobres para estar más cerca del pobre.

Discutía afablemente esta filosofía o posicionamiento vital con el director de la escuela (español, por otra parte), un joven intrépido de 24 años como yo, con un todopoderoso Educador Social todoterreno, en uno de los campos más marginales y desfavorecidos del planeta. Pues, aún así, ni me venció ni me convenció. Menos aún yo a él, claro está.

Practicaba la austeridad, el no manejo de dinero como elemento de acercamiento y reflejo del pobre con el que trabajaban y convivían a diario. Sin embargo, no les faltaba un 4 por 4 para transportar a la ciudad, ni buena comida tres veces al día. Yo no soy ejemplo de nadie, y si lo fuera tiraría esa moral de la que hablamos a la papelera.