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Diario de un Educador: Capítulo 13, Toma 2

ClaquetaAntonio mantenía el ceño fruncido, la mirada gacha…respiré hondo, estábamos los dos solos en la estancia ahora desierta, como si de un bis a bis de una cárcel se tratase, o quizá sería más propio decir, que era como una sala de interrogatorios, aunque desentonaban los restos de comida aquí y allá y que faltaba el foco deslumbrando la cara de Antonio, al más puro estilo de una película de cine negro.

Me senté frente a él, y el tiempo antes detenido, empezó a discurrir tras el sonido seco de una claqueta imaginaria (“Diario de un educador, capítulo 13, toma 2”)

– Bueno Antonio, vamos a hablar de lo sucedido (no movió ni un músculo)
– Antonio, ¿es que no piensas hablar?
– …
– Antonio, venga, no podemos dejar el tema así ¿no te parece?
– Por favor, mírame a la cara, me siento incómodo hablando con una estatua…
Alargué el brazo y pose la mano en su hombro. Antonio, casi instintivamente, se convulsionó rechazando mi puente-brazo, pero entonces estalló a hablar.
– Ya te dije que no iba a comer las lentejas, no me gustan, no las aguanto…y tú querías hacérmelas comer a la fuerza, que quieres, lógico que las tirase, no me has hecho caso.
– Haber Antonio, yo entiendo que no te gusten, pero eso no justifica que las tires contra la pared, y ¿si le hubieses hecho daño a alguien? Piénsalo bien, además yo puedo entender que no te gusten, pero sabes que un mínimo tienes que comer, porque sino todo el mundo podría negarse a comer lo que le viniese en gana y todos tenemos que respetar las mismas normas ¿no?
– No me escuchas, te he dicho que no soporto (con énfasis) las lentejas ¿Querías que lo echase todo?
– No es eso.
– Ya, lo que pasa es que me tienes manía y ya está.
– Pero Antonio, ¿Cómo puedes decir eso? ¿Crees que no hubiese castigado a alguien que hubiese hecho lo mismo que tú?
– No lo sé, ¡Déjame en paz!
– Pero Antonio, ¿Te pasa algo?
– ¡Qué me dejes! (Esto lo dijo casi gritando, echo la cara hacia un lado, cruzo los brazos…parecía estar a punto de llorar)

Estuvimos así todo el descanso, Antonio mirando las migas diseminadas por el suelo y yo mirando hacia las ventanas, sin que mi vista atravesase los cristales. Pensando, en si había afrontado bien el problema. ¿De que valía ahora la teoría de la carrera, almacenada ordenadamente en los estantes de mi cerebro? Me sentía incómodo, falto de carácter y de recursos para actuar, me había quedado sin palabras o gestos, la situación con Antonio había llevado a vía muerta y no sabía como seguir adelante. Así que simplemente, deje correr el tiempo dentro de aquella sala de interrogatorios que ahora se asemejaba más bien a una escena de teatro alternativo cuyo nombre fuese “incomunicados”…

Ya no hubo claqueta que indicara el fin de la escena, fue el timbre el que rompió el silencio. Me di la vuelta y Antonio ya corría por el pasillo.