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Los Educadores Sociales entre Bambalinas

Los Educadores Sociales entre BambalinasUna mañana te levantas y vas a formarte, en un cursillo que te recomienda tu coordinador por su conveniencia formativa. En él comenta un compañero de profesión, mientras intercambiamos pareceres pedagógicos a modo de mamporros, que los Educadores lo que hacemos cada día en nuestros trabajos es, en esencia, actuar.

Representamos un papel de educadores que, en ocasiones, tenemos que hacer creíble (para nuestros/as educandos) y creérnoslo (para la profesión). En esos precisos momentos, me viene a la memoria de la CPU, nuestro amigo Sera. “¿Qué opinara nuestro colega, curtido en ambas materias, sobre tal afirmación?”.

La verdad, es que Asier el educador, mal que le pese, no puede (ni quiere) ser educador las 24 horas al día. Asier persona es de una manera, con muchos defectos y errores que no puede disimular ni esconder. Es el personaje en primera persona, él mismo con sus circunstancias, como decía el entendido. Por el contrario, el educador es diferente. No es errático, y si lo es, no se le debe presuponer ni que aparezca nítidamente. Le gustaría ser persona en su trabajo, y poder equivocarse con actuaciones salidas del guion, sin llegar con ello a actuar…¡¡Pero hay amigo/a. Como la mujer del César: no sólo ha de ser buena persona, sino que ha de parecerlo. Políticamente correcto, sin sobreactuaciones.

Llevo una temporada encontrándome compañeros de profesión, relatando sus desventuras, vanagloriando sus intervenciones y teatralizando conflictos y desenlaces hasta límites insospechados. Por supuesto, como buena obra teatral que se precie, hay buenos y malos, y siempre ganan los educadores, esos que después de contar algunas de esas batallitas, parecen mas altos y guapos, rubios y con ojos azules. Pero en bambalinas, cuando todos volvemos a ser personas, me encuentro con los mismos miedos que padecen algunos chiquillos en una noche de tormenta, las mismas inseguridades de un adolescente cuando flirtea con una chica por primera vez y la misma exageración con la que el pescador describe el tamaño de su captura soñada.

No sé si asumirlo o combatirlo. Pensaré de aquí en adelante, si prefiero morir joven viviendo a mi manera, que viejo y a la de otros. Que no me mate mi propio personaje, será el gran reto personal (¿y profesional?) de ahora en adelante.