Tags

Related Posts

Share This

Diario de un Educador: Inesperada Protagonista (II Parte)

Inesperada Protagonista (II)Seguí un tanto desorientado por un tiempo. No en vano, Isabel me llamó un par de veces la atención para que espabilara, porque parecía como si hubiese olvidado los automatismos del día a día, como alguien que despertase de un shock.

Me sentía incómodo y más aún cuando de reojo miraba a Chema, que se encontraba cabizbajo y comiendo sin mucho afán. Me daba vergüenza mirarle a la cara, era como si le hubiese fallado, como si no hubiera tenido la suficiente entereza, para ser francos, me veía como un cobarde, mirando a otro lado, escurriendo el bulto.

En estas estaba, cuando Isabel me llamo la atención por segunda vez:

– ¡Pero qué cojones te pasa! ¿Estás atontao, o qué?

Levanté la cabeza y algo se removió dentro de mí. Le miré sin despegar los labios siquiera, y empecé a moverme; primero los brazos, después la cabeza, como en un tic nervioso y por último, vino el turno de las piernas. Desde fuera, debía estar un tanto ridículo, como una marioneta descompasada. Pero cogí carrerilla y a partir de ese momento, retomé el acostumbrado automatismo sin que Isabel ingiriese cosa alguna.

Mientras recogía los restos del zafarrancho, hablando sobre temas sin trascendencia alguna con mi compañera, casi sin prestar atención a mis palabras, empecé a pensar en como iba a afrontar la situación con Mirian.

Pensaba aclarar el tema con ella, y hablar entre los dos, cómo podíamos solucionar el conflicto.
Tras terminar la entrega del día de automatismos de comedor, tras despedirme de Isabel y de nuestra conversación vacua, me dirigí al aula de 3ºC, directo a la boca del lobo, ¡auuuu!

Fuera de bromas, estaba hecho un flan, pero no di marcha atrás y cuando me asomé a la estancia, lo primero que vi, fue la cara de mansa fiera de Mirian. Estaba hablando tranquilamente con su compañera de comedor y ni siquiera reparó en mí, como si fuera transparente, un espectro, una sombra.

Avancé a su encuentro con paso quedo y…

– ¡Hola chicas!
– ¡Hola Alex! – dijo Edurne.
– Hola – dijo Miriam.
– ¿A qué debemos tu visita? – con una sonrisa improvisada.
– Eeehh… pues… es que… (no acababa de arrancar)… quería hablar con Miriam sobre una pelea que ha ocurrido antes en el patio… (¡uf, no podéis imaginar lo que me costó decir estas torpes palabras!, pero al fín, ahí estaban)
– ¡Ah bueno!, entonces os dejo solos un rato, para que arregléis el mundo, ¿De acuerdo? – mientras decía esto, se alejaba hacia la puerta.

Al fin estaba frente a “Ella”. Cuando torné la cabeza, descubrí que la máscara de la fiera de mi niña, había desaparecido por completo, quedando al descubierto su verdadera cara, con un gesto mezcla de desprecio y altivez.

– ¿Qué es lo que quieres? – me espetó secamente.

Me sentí un tanto violentado, e incluso creo que di un paso atrás.

– Pues… solucionar lo de antes. No creo que debamos dejar el tema así, ¿no te parece?
– Y tú, ¿qué vas a hacer tú? – mirándome de arriba abajo – si no sabes ni distinguir que el Chema ese es un liante. Lo que tienes que hacer, es castigarle unos días sin patio para que aprenda y dejarte de tantas chorradas.
– Pero, es que no estoy de acuerdo con que él sea el único culpable. Creo que habría que hablarlo con los dos y castigarles a ambos, quizá que tuviesen que hacer algo juntos, no sé…
– ¡Pero tú en que mundo vives! ¡despierta!, Mira, haz lo que quieras, pero eso no va a ningún sitio. Lo que tienes que hacer es castigar a Chema y punto. Sino, se te va a subir a las barbas y no te va a respetar ni Dios, ¿entiendes?
– Entonces ¿no vamos a hacer nada con Cristina?
– ¡Qué yo no voy a hacer nada! Tú verás, a ti es a quien van a tomar por el pito de un sereno.
– Pero… – me cortó bruscamente.
– Mira, no voy a perder más el tiempo, ya te he dicho lo que hay que hacer. Ahora tú haces lo que te venga en gana, ¿estamos?

Mientras ladraba estas palabras, se dirigía apresuradamente hacia la salida.

Me dejó con las palabras atoradas en la garganta, que me dificultaban coger aire con normalidad. ¡Vaya con Mirian!, no me había dado opción, había ido a lo suyo, sin salirse de sus raíles, en plan “lo tomas o lo dejas”. Me había dejado el papel principal de una película no elegida. Me sentía débil e incapaz. ¿Qué iba a hacer ahora?, tuve la tentación de olvidar el tema, pero sabía que él no se iba a olvidar de mí.

Tragué saliva, arrastrando las palabras de nuevo a mi interior y me dispuse a caminar sin rumbo en mi pequeño mundo, sin brújula, buscando una estación sin nombre, en un lugar que no conocía, lleno de rostros y de pies anónimos que habitaban en mí interior.

Final de la segunda temporada de Diario de un Educador.