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Favorit – Ismos

FavoritismosTrabajar a diario con niños/as, jóvenes y adolescentes es muy gratificante, si te gusta tu trabajo, y enormemente cruel y doloroso si lo fuerzas como una opción profesional, más que personal. El paso del placer a la obligación, sin un mínimo de gusto o vocación, acaba siendo un camino demasiado tortuoso y oscuro. Podrás aguantar una temporada (leed aquel celebérrimo artículo sobre Fecha de Caducidad) pero, a la larga, como dice un compañero mío: “volverás a meter la llave en la cerradura, y encontrarte con los mismos miedos del día anterior“.

¿Y si en vez de hacer en tu trabajo, unas u otras cosas, por gusto, hablamos de preferencias o gustos por los nuestros/as ? ¿Nos gusta trabajar mejor y mas cómodamente con unos u otros usuarios, o por el contrario son todos iguales, y por tanto los tratamos por igual? Sobra decir que a la pregunta de a quienes preferimos, nuestros padres, responderían que a todos sus hijos por igual… pero, ¿es eso cierto en las distintas relaciones profesionales de la Educación Social?

Hace ocho años, cuando entré a trabajar en un hogar de acogida y protección de menores, una de las educadoras veteranas me dijo algo así: “Buafff. Bienvenido a este mundo. Te va a tocar foguearte rápido, porque ya se ve que no has hecho la mili. Además, tengo ahora a un niño de 11 años, que no me gustaría encontrármelo cuando tenga 13. Va a ser la locura“. Yo le contesté que para hacer mi trabajo no hacía falta hacer la mili, y que intentaría hacerlo parecido a ella. El tal fichaje estuvo todo el fin de semana como una vela. La educadora de antaño, sigue manteniendo tesis y comentarios fuera de lugar y muy poco serios. Recientemente ambos se encontraron y saludaron abiertamente. El joven tiene ya 18, ha sido padre, y de momento no ha ido a la cárcel (algo es algo)

Yo a mis niños/as los trato a todos por igual, pero no los quiero por igual. Lo dejo dicho abiertamente, para que no haya conjeturas. A la inmensa mayoría, dentro de los límites sospechados y más desconocidos de la materia humana, los quiero afectivamente, además de dotar contenido pedagógico y educativo a mi trabajo. No me pagan más, ni me resta credibilidad por ello. Lo hago, porque me lo permiten (suele ser una relación recíproca de afectividad) y porque me gusta (contiene grandes dosis de moralina). Hay excepciones: Los respeto y les tengo cercanía e intento dotarles de cosas que puedan necesitar tales como seguridad, respeto, educación, atención… pero desde mi figura autoritaria, a veces esas cosas del querer no se producen.

Primeramente soy su educador: ni su amigo, ni su padre, ni su hermano mayor. Seguidamente soy una figura de representatividad para ellos/as, con las intervenciones y la autoridad (que miedo da esta palabra, eh?) que en muchas ocasiones eso conlleva. Si después de estas premisas, me quieren personalmente, y quieren compartir su afecto y cariño, yo lo devuelvo acrecentado.

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