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Voluntarios: Aquellos maravillosos años

Voluntarios

Corría el año 1998. Asier era un proyecto de Educador Social que colaboraba, los fines de semana, en un equipo socioeducativo del barrio más deteriorado de Bilbao por antonomasia. El proyecto se llevaba a cabo, como en cualquier EISE (Equipo de Intervención Socio Educativa)que se precie, con trabajo de calle y educadores familiares en las casas del barrio. De lunes a viernes. Lo gestionaban los Educadores pata negra, veteranos de guerra algunas, y adheridos pero igualmente remunerados otros. Era una buena oportunidad de meter la cabecita en el sector, conocer gente, asociaciones, proyectos, compañeros/as, y además, por aquellas épocas, convalidar horas de servicio como trabajo para la Prestación Social Sustitutoria (la vieja mili de los “revolucionarios” o concienciados)

No era, por tanto, vocacional al 100%, como podéis ver. Pero siempre supuso algo de aprendizaje y mucho de convivencia y pasarlas jodidas en situaciones por otra parte de índole voluntarias (iba forzado, sin motivación súper y encima con movidas, siendo eso sí, voluntario). Hoy en día no me lo explicaría bien a mí mismo, pero, en aquel entonces, le eché huevos, y tiré para adelante. Quería aprender, quería conocer, quería comerme el mundo de la Educación Social.

En una de estas necesarias, pero algo cansinas formaciones internas de Asociación, nos fuimos un fin de semana a un caserío de interior. Allí les dio tiempo a los pata negra de dar rienda suelta a sus preceptos y soltar dos o tres proyecciones sobre decálogos de la Educación Social , sacadas seguramente de un libro de Amador. También aprovecharon otros, para echarnos bronca y enjuiciarnos sobre el desdén o trabajo deshilvanado que hacíamos en el área de Tiempo Libre, los fines de semana, como complemento y continuidad al suyo de entre semana. Éramos voluntarios, pero si estábamos allí, era para estar: a las malas o a las maduras. Si no, no haber aceptado el reto o compromiso de llevar a cabo el proyecto y actividades de ocio allí enmarcadas. Tenían razón los críticos del lugar. Nada que añadir.

La parte grata de esta convivencia venía en las comidas y cenas, con compañeros/as y otros profesionales enrollados. De los que les gustaba enseñar y analizar la realidad desde diferentes prismas: familia-menor-contexto- Educador-voluntario; sin exclusiones. Fue un poco, el detonante de lo que dí en llamar enseñar la profesión o ayudar a conocerla a otros jóvenes que empiezan como yo en aquellos años. Desde entonces intento parecerme a Javi, ese educador incansable, gesticulante, valiente y comunicativo. No sé si lo lograré con mis nuevos/as compañeros/as, pero, al menos, lo intento.

Javi me contó una anécdota muy curiosa sobre un conflicto en el local, entre dos muchachos. Uno de ellos, el mayor, vacilón, rebelde y agresivo, le pegó una colleja al pequeño. Haciendo la gracia, y dándoselas de fuerte y de chulo. Al verlo el educador, le soltó una hostia por detrás. Redoble de colleja en el frontis de la nuca, que sonó en Apatamonasterio. El chulito se quedó perplejo, callado. No daba crédito. Le habían pegado a él. El educador, sin casi inmutarse prosiguió la intervención:

– ¿Te ha dolido?
– (El listillo entrecortado y compungido) “ Sí ”.
– Pues al compañero más pequeño, también.