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El Dictador Amable

El Dictador AmableEn el día a día, y por derivación en la Educación, es corriente oír aseveraciones del tipo: “En la vida ya está todo inventado“; “de casta le viene al galgo“; “es ambiental, es genético o conductual, o todo lo contrario“; “en Educación dos y dos no son cuatro (pero en Mates, sí)“.

No llegan a la categoría de reflexiones porque cuando las usamos/pronunciamos son más fruto del momento y del contexto, que de un análisis metódico, concienzudo y razonado. Podrían ser lo que llamamos Generalizaciones. Cercanas a la realidad algunas, y disparatadas otras.

En esta primera semana de año, me he topado con una intermedia. Una casuística un tanto disparatada, a contracorriente de lo cotidiano, basada en la realidad socio-educativa más cercana.

Aitor es un niño amable, educado e introvertido. Sus diez años de vida, pudiendo haber sido enormemente mejorables, no han supuesto un desajuste o inadaptación personal. Querido y valorado en el entorno educativo, se ha movido entre la suficiencia y el cariño, ganado a base de su buen hacer comportamental. Su mirada limpia y azulada, su pelo rubio y sus pecas guerreras, podían hacer ver un travieso en potencia que nunca fue y, muy posiblemente, nunca será.

De un tiempo a esta parte, le están moviendo institucionalmente todas las sillas donde él se asienta (exceptuando la escolar). En su lógica inseguridad infantil, están depositando una confianza y unas decisiones que pueden cambiar enormemente el rumbo de su vida. Él, asustado, está empezando a no ser él. Un yo defensivo y guerrero emana de sus entrañas, para gritar al mundo que quiere ser el mismo niño bueno que ha sido durante los últimos diez años.

Su mamá ha pasado por momentos y etapas enormemente difíciles. Y Aitor, nos da la sensación, que ha ejercido además de hijo, de padre, de amigo, de sustento emocional y protección en la familia. La edad no le ha inhabilitado para ello, y desde el cariño y el amor, parece haberse hecho con un hueco considerable en el entorno monoparental al que pertenece.

Su madre, como contraprestación, ha cedido en él, voluntades y responsabilidades que no debieran atribuírsele de momento, mientras siga siendo un niño de diez años. Aitor, como cualquier niño o persona medianamente inteligente, se ha percatado de ello, y dirime las decisiones familiares a tomar. El vínculo materno es muy fuerte, un apego considerable enraizado erróneamente en valores confundidos: Se hace lo que diga Aitor.

La pedagogía actual y la psicología, nos habla en su bibliografía de mesa, del surgimiento de un tiempo a esta parte de “el pequeño dictador” o “el déspota infantil” como característica común de ciertos niños y jóvenes, que utilizan el chantaje emocional y la violencia verbal o física, como elementos de poder y decisión, en el ámbito familiar y social.

Yo, por contra, estos días he descubierto que los gamusinos existen; y que las personas no acabaremos de sorprendernos de lo diferentes que somos, lo particular y singularidad de cada uno/a. Aitor es un ejemplo gráfico de que desde posicionamientos positivistas, también su pueden conquistar logros o cotas de poder, en el mundo de las relaciones socio-familiares. Aunque esta vía no esté de moda ni la usemos/trabajemos los profesionales cotidianamente.