Tags

Related Posts

Share This

Diario de un Educador. Es en esos momentos…

KatanaDespués de la desagradable experiencia con Miriam, me fui un tanto apesadumbrado hacía mi casa, con la mente nublada, difuminada en un millón de pensamientos, velos que se acumulaban entre mis neuronas. No sé si os habrá pasado alguna vez… es como si te desconectases parcialmente del mundo, como un zombi con sentimiento de culpa que deambula por las calles sin saber hacia dónde se dirige.

Así, llegué, sin ser consciente de ello, hasta la puerta de mi casa, arrastré los pies sobre el desgastado felpudo y sin hacer caso de los habitantes dispersos por las distintas estancias, fui directo al teléfono.

Necesitaba despejarme un poco y hablar, compartirlo con alguien. Llamé a Sonia y no me cogía, claro, estaría aún trabajando, ya dije que no estaba para pensar siquiera en que hora era. Saqué el móvil del bolso de símil de cuero negro y le escribí un SMS: ola princesa, toy 1 poco + chungo de lo normal, kiero vert e invitarte claro. Dime dnde y cuando, 1 abrazo pendular. No alcancé a escribir algo más decente, pero no estábamos para mucha literatura.

El tiempo siguió avanzando mientras yo seguía en pantallazo azul, sin saber si tocar una tecla o reiniciar pulsando ctrl.-alt-supr. Entonces como un tortazo, el politono del móvil hizo el trabajo por mí, y leí en su pantalla: Eso ta echo truhán, t spero, 19:00, café Hattori, esquina Marques Etién y avenida Victoria. 1 abrazo n espiral

Por un momento, incluso sonreí, y el nubarrón se disipo un tanto.

Nunca había estado allí, la iluminación era tenue, sólo los focos colgando encima de las mesas y encima de la barra ponían un poco de luz en el conjunto por otro lado colorista, con sillas rojas, verdes y amarillas, combinadas con baldosas negras y blancas y paredes moradas y blancas llenas de katanas a escala real, brillantes aún en la penumbra.

Me acerqué a la barra amarilla con una franja negra. En el silestone, de un negro brillante, a un lado se amontonaban revistas de artes marciales y cine, dispersos por la barra, pinchos de sushi o por lo menos de inspiración nipona.

Me pedí una Sapporo Para hacer tiempo y saciar mi curiosidad cervecera, más difícil sería saciar mi otra sed.

Mientras sonaba “Goodnight Moon”, noté sus suaves dedos jugando en mi nuca.

-¡Buenas, Alexiño!
– Hola guapetona (se me ilumino la cara, por primera vez en todo el día, respiré hondo y sonreí)
– ¿Qué quieres tomar?
– Una caña, puede ser… Bueno ¿qué tal estás? Cuéntame…
– Tirandiyo, no he pasado un buen día en el colegio, movidas con mi compañera Miriam…
– (poniendo cara exagerada del malo de la película) Dime dónde habita esa mujerzuela y yo le daré su merecido.

No pude por menos que sonreír. Esto era lo que necesitaba. Todo el mundo debería tener a alguien con el que poder compartir sus caídas, sus obstáculos, sus sentimientos y más alguien que trabaja con personas. A veces, necesitamos sentirnos leves, descargar un poco las piedras de la mochila. Solemos ser duros con nosotros mismos y aunque sea con afán de superación, si ponemos demasiado peso, nos vence y no podemos evitar caer. Es en estos momentos de precario equilibrio, en los que el salvavidas de un hombro en el que apoyarse se antoja poco menos que necesario.

Seguimos hablando del suceso. Sonia me alentó, me dio fuerzas y me invitó a seguir mis propios criterios sin buscar la aprobación de Miriam. No por hablar más fuerte se tiene más razón.
Sabía que no me sería fácil, siempre me había tenido por un actor secundario, pero tenía claro que sin esfuerzo, no habría avance.

Una cámara imaginaria se fue elevando dejándonos solos a Sonia y a mí, alejándonos de vuestros ojos indiscretos, hablando sobre las katanas, sobre Bill y sobre lo poco que le gustaba el Sushi…Pronto terminaría este momento-oasis, y estaría de pie frente a la realidad de otro día en el comedor.