Tags

Related Posts

Share This

La Gran Falacia de “Mis Chavales”

La Gran Falacia de mis ChavalesMientras media España se colapsa por las nieves y hace la digestión de los ágapes navideños, esperando dentro del coche, en el Norte, nos ha venido a visitar un amigo poco frecuente: el Sol. Cuando irradia su simpatía y despliega sus brazos, llega a derretir la poca nieve de las cumbres y el rocío de los montes que rodean al botxo.

En estos primeros días de año, los teléfonos echan humo y los correos electrónicos vuelan a la velocidad del sonido (aunque Telefónica y Euskaltel no se lo crean). Miedos, interrogantes, dudas, posicionamientos, se mezclan para enarbolar el panorama de la Intervención Social en Bizkaia, antes de la Huelga general del sector. Leyendo la bandeja de entrada, aparece un mail de un compañero de profesión, tratando sobre estas materias y vislumbrando ciertas sombras al respecto. Es lícito y así debe ser. El espíritu crítico y reflexivo/constructivo debe permanecer latente, ahora más si cabe.

“Temo que los grandes perjudicados de la huelga sean mis chavales”; brota del texto el citado compañero. Mientras lo leo en el despacho de educadores a viva voz, el viejo Aitorziza (no por edad, sino por zorro), exclama:

– ¡¡¡No son sus chavales, ni los míos ni los de nadie !!! Ya lo decía el bueno de Alfonsito (educador de los años 80), que los chavales no son de nadie: ni de sus padres, a los que les han quitado la potestad o tutela, ni de las instituciones porque no les dieron la vida, ni siquiera de ellos mismos, ya que son menores de edad a todos los efectos, y por tanto ni adultos ni responsables emancipados.

Por exceso o por defecto, la cuestión es que la profesión la podemos entender de tan diversas maneras, que un mismo elemento (el usuario y/o educando) puede ser visto y entendido de manera divergente, sin perder por ello validez o profesionalidad.

Desde los tiempos más remotos de la Educación Social, un elemento común se ha asociado a la profesión: LA VOCACIÓN. El mero placer y gusto por trabajar e interactuar en algo que te guste y apasione, con una carga personal implícita muy marcada, ha sido eje central de nuestro desarrollo durante años y años.

Posicionamientos más cualificados, y elementos cuantitativos, desarrollados para la mejor y mayor operatividad de nuestro trabajo, no le han restado esa carga emocional e implicacional que se le presupone. Pero no todos somos iguales, ni sentimos igual; y por ello, no somos menos o peores educadores.

La profesión vista (y sentida) con cierto halo de distancia, oxigena las relaciones y ve matices que desde tan cerca pueden pasar desapercibidos. Los éxitos y los fracasos, van a seguir estando ahí, y dejarnos llevar por la euforia (carga posesiva de las personas con las que trabajamos) o el fracaso (casos no resueltos o relaciones fracturadas con el usuario) sería remontarnos a otras épocas menos profesionalizadas y más asistenciales. En una frase: ver todo Blanco o Negro (¡¡¡con lo bonito que es el Arco Iris ¡¡¡)