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Diario de un Educador: 17 Pasos Después

17 pasos despuésDespués de las fuerzas que me insufló Sonia en el Hattori, me presenté con fuerzas renovadas en el colegio. Pero este día me tenía reservada una sorpresa…

Por el pasillo, me crucé con Miriam como quien se cruza con los peatones anónimos, mientras tararea una canción que escucha en el Mp3.

Ya era hora de pasar página y asumir que no siempre hay una solución, que no siempre puedes entender, no siempre puedes ponerte en el lugar de la otra persona.

Me encontraba positivo, es como cuando te levantas como enganchado por un rayo de sol, que estira de ti, te llena de luz y como con un tic movido por el inconsciente, no paras de sonreír, mientras las legañas, la cara de morsa somnolienta, la saliva reseca en la comisura izquierda, te parecen maravillosas muestras de vida.

Así estaba yo, con ganas de disfrutar de mi día de trabajo y de la compañía de alumnas y alumnos.

Después de todo este positivismo, el más agorero pensaría que algo lo iba a estropear, pero en este caso, aunque pueda parecer raro, hubo tregua.

Todo fluyo, engrasado por una fuerza invisible y en el patio estuve jugando un partido de fútbol como portero, cual pantera negra. Ganamos y se me abrazaron mis compañeros de equipo. Después, estuve hablando con Eva, Raquel y otras chicas de sexto sobre porque los chicos eran tan tontos y me di cuenta de que yo también lo era un poco.

Más tarde, me entretuve un rato viendo como jugaban al Magic Antonio y Miguel, Miranda me sonrió al cruzarnos en el área pequeña, y la sirena sonó rotunda, enorme.

La comida discurrió automática, con engranajes precisos y tintineo de loza, cristal y metal.
Otro día más en el comedor, o quizá un día distinto, o quizá ese día, o quizá el mismo día que nunca es el mismo.

Ya estaba cambiándome de ropa, arrancándome parte del sudor impregnado en la camiseta, cuando alguien rompió mi catatonia.

– Alex, – dijo Isabel mientras me miraba sonriente, – Si te interesa, me ha llegado una oferta de trabajo como educador en una ludoteca en la asociación “Enocio”. ¿Te interesa?
– Desde luego… (estaba un poco aturdido por lo inesperado del asunto) pero ¿sabes algo más del tema?
– La verdad es que no, pero toma (alargándome un papel), te he apuntado el teléfono de la asociación.
– ¡Muchas gracias Isabel!

Salí por esa puerta, quizá por antepenúltima vez. Seguí andando, mirando el teléfono escrito con redondeados números sobre el papel y sobre mi palma. Fijé la mirada al frente mientras sonreía.
17 pasos después… el camino pareció cambiar, los adoquines eran los mismos, las zapatillas negras idénticas, con las mismas rozaduras, los calcetines a rallas, con los mismos agujeros, pero no se porque, a mí ya no me parecía el mismo.