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Educador/a Social Novel

Educador Social NovelComo esta profesión no es distinta a las demás ni a las que vendrán, siempre hay un primer momento. Esa oportunidad laboral, ansiada en un inicio y valorada con más mesura con el paso de los años, tiene la extraña condición adherida de ser como un neonato. Poco sabemos y mucho ansiamos. Nadie nace aprendido y el miedo a equivocarse o hacerlo mal en tus primeros pasos, nos atenaza.

Puedo dar gracias y siempre lo recordaré con enorme satisfacción, el buen trato y la ayuda pedagógica-laboral que conmigo hicieron mis excompañeros. Todavía me acompaña una amiga en este camino socio-educativo, pero no está de más recordar también al resto: Fer, Mercedes, Sonia, Rubén, Nerea… Gracias a ellos/as he procurado acercarme a los compañeras/as más jóvenes, con idénticos fines: acompañar, ayudar, compartir, coordinar y muy rara vez (porque no les hace falta) aconsejar.

Una profesora de Primaria, hace ya unos cuantos años de esto, me insinúo que algunos de los problemas actitudinales que tenía nuestra educando común por aquellos días, eran fruto de una posible falta de autoridad. Venía a decir que quizás al ser un educador joven, como consecuencia de esto, la alumna se aprovechaba de dicha circunstancia, y actuaba desordenadamente en el Hogar y, por extensión, en el Centro Escolar.

La realidad era que en el Hogar no teníamos desórdenes o alteraciones de conducta graves por aquel entonces (primer fallo en el origen o la localización del problema) y que en el Hogar trabajábamos un grupo de tres educadores de 54 años (18 en la profesión), de 52 (13 en la profesión) y de 28 (3 trabajando). Sigo pensando que la autoridad no tiene edad. Son las personas las que tenemos edad y prejuicios, que es mucho peor.

Es cierto que ganarla o gestionarla, se da paso a paso; con mucho trabajo, comunicación, diálogo, negociando y ejerciéndola con cierto tiempo transcurrido y vivido en la relación socioeducativa o afectiva. No conozco a nadie que venga con la autoridad educativa debajo del brazo. Es lo que tiene este agente o cualidad pedagógica, que tan pronto se la curra y se la gana, una educadora con 23 años, que nunca la consigue un educador de 60. También es constatable que algunos/as profesionales tienen o logran ese preciado don, con mayor celeridad y seguridad que otros/as: Práctica, ejercicio, esfuerzo, lucha, destreza… Pero, ¿edad biológica?

Hace escasas fechas, participé en una reunión multidisciplinar. Una joven educadora (casi novel), compartió en equipo una serie de dificultades que estaba atravesando con uno de nuestros usuarios. No sé si para justificarlo, cosa que no debiéramos, porque la única persona que se tiene que justificar en estos casos sería la persona que comete el desorden o el comportamiento inadecuado, sea menor de edad o no; un compañero educador de mayor edad resaltó la circunstancia de que el menor intentaba actuar de esa manera para buscar límites y enfrentarse así a la educadora, pensando que, como era más joven, la podía ganar en su batallita particular.

Aquello me sonó muy mal y me sentó peor porque se traslucía cierta inseguridad en mi compañera o falta de competencia, motivada por su bisoñez. A nadie se le ocurrió opinar que, mientras el resto de profesionales realizamos nuestro trabajo diario (con ese menor y otros 10 más), en parejas de a dos, a ella le toca vérselas con su tarea educativa nocturna, sola, sin nadie en quien ampararse, consultar, compartir o dividir tareas y responsabilidades.