Tags

Related Posts

Share This

De Cómo Hablamos (Breve diccionario crítico de servicios sociales) I

De Cómo HablamosEl otro día el amigo Quique dejó un comentario en la entrada El Jonathan, la Jeni y el Verbo Verbalizar en el cual, linkaba un enlace a través del cual se daba con una brillante disertación escrita por el compañero Sera titulada ‘De Cómo Hablamos (breve diccionario crítico de servicios sociales)

Al acceder al mencionado escrito y, tras leerlo, pedí permiso a Sera para publicarlo en el Educablog ya que un texto así ha de ser compartido en todos los canales posibles. Sera, agradecido, accedió a dicha demanda y hoy aquí estamos presentándolo.

Debido a la extensión del mismo, he decidido publicarlo en dos posts: uno hoy y el otro… pues ya se verá… No, en principio, si el tiempo y la autoridad lo permiten, mañana. Con todo, detrás del salto un grandioso artículo firmado, como ven más abajo, por Sera Sánchez.

DE CÓMO HABLAMOS
(Breve diccionario crítico de servicios sociales)

Todas las disciplinas crean un discurso propio mediante el cual explican su objeto de estudio. Así, el trabajo social (incluyendo aquí a la educación social) se nutre de referencias científicas (ciencias conjeturales como la pedagogía social, la psicología, etc.), y se sustenta en modelos teóricos para crear un lenguaje reconocido por todos sus profesionales.

En la traslación del modelo teórico al de la praxis profesional hay una transformación del discurso. En esa translación unos conceptos son usados con mayor o menor fortuna, otros se desvirtúan perdiendo su sentido primigenio al pasar al lenguaje profesional. Unas expresiones desaparecen, las sustituyen otras con mayor capacidad explicativa o, simplemente, porque algún profesional de prestigio las pone de moda.

Con el tiempo algunos de estos conceptos con los que se crea un corpus propio son exportados a otras disciplinas para, finalmente, acabar formando parte del lenguaje común. Un ejemplo: el periodismo ha acuñado el concepto de familia desestructurada, rescatado de las ciencias sociales, pretendiendo dar un halo de científica rigurosidad a algunas de sus noticias. Pero, paradoja, con esto consigue al final el efecto contrario. El término acaba popularizándose tanto, su uso es tan indiscriminado, que al final pierde (si es que alguna vez lo había tenido) su intención explicativa.

Cuando, tratando de utilizar un lenguaje propio, nos olvidamos del significado de las palabras, de su sentido primigenio, las palabras pasan de ser una categoría conceptual inscrita en un modelo a ser una etiqueta.

La etiqueta descarga todo su poder de generalización. La generalización es tan subyugante, tan seductora que impide al profesional cualquier esfuerzo en estudiar el caso concreto, con sus matices. Porque LA ETIQUETA lo explica todo: el problema, la hipótesis, la solución. Todo.

La etiqueta es luego acuñada por la opinión pública y los medios de comunicación que, como ya hemos dicho, revisten con un barniz de cientificidad la noticia al utilizar palabras que se utilizan en otro argot profesional. Tampoco aquí el periodismo se preocupa de investigar, verificar y contextualizar la noticia, pues toda explicación queda reducida a la etiqueta.

Finalmente la etiqueta, propuesta por el profesional y refrendada por los medios, es enganchada al cuerpo mismo del usuario y se convierte desde ese momento en su estigma.

No es este, ya se habrá adivinado, un diccionario al uso. Tampoco pretende indagar en la raíz etimológica de cada palabra, porque aquí lo que se critica no es (salvo alguna excepción) el concepto en si, sino su uso indiscriminado, perverso en ocasiones, que conlleva siempre una forma de poder. Es este, pues, un ejercicio de autocrítica para, como dice el filósofo Xavier Antich, “seguir buscando las palabras que nos faltan”.

Las expresiones y conceptos contenidos en este artículo representan una pequeña muestra recogida mediante la observación de informes, coordinaciones, reuniones, noticias en la prensa, etc. Algunos conceptos están escogidos por el poder estigmatizante que ejercen sobre los sujetos. Otras expresiones, quizás más inocentes, solo revelan algunos eufemismos y prejuicios.

A modo de ejemplo:

FAMILIA DESESTRUCTURADA

Los medios de comunicación han hecho célebre este concepto que utilizan sin complejos para explicar cualquier noticia que huela a situación marginal. Todo un éxito de nuestra profesión que ha conseguido colar en los cuarenta principales de los media a su concepto estrella.
Familia desestructurada se utiliza en servicios sociales, pero también lo esgrimen médicos, profesores, voluntarios, periodistas, etc. que no dudan en calificar a las familias, sin ningún tipo de reparo, con tremenda categoría.

Familia desestructurada es un cóctel donde el ingrediente principal (lazos familiares poco tradicionales y problemas con los hijos aparte) es la pobreza. De ahí su poder ejemplarizante: “Nosotros no somos así” parece decir quien lo utiliza.
Y cuando de una familia se decide que es desestructurada, los matices, su historia, sus razones, las peculariedades, todas esas “contrariedades” que dificultan qué generalicemos tan alegremente y que nos obligan a pensar un poco más, se van de vacaciones.

HIPERACTIVO

La educación, aunque investida de oropeles, se convierte muy a menudo en la tarea de parar el movimiento continuo. Revolverse más de la cuenta en el pupitre se castiga hoy con Tranquimazin.

Cuando el diagnóstico científico se populariza y se hace moda se convierte en una etiqueta con la que distinguir a todo aquel que se salga de la norma. El concepto se banaliza hasta tal punto que veda cualquier intento serio en identificar al niño que de verdad lo sufre.

Lo que son las cosas, en la edad adulta, vaya usted a saber porqué, ser hiperactivo se acaba considerando un valor añadido.

LLAMAR LA ATENCIÓN

Al contrario que otros conceptos que hacen suyos determinadas profesiones, el llamar la atención es utilizado, indistintamente, por profesores, psicólogos y educadores. Un niño patalea, grita, roba, luego, solo quiere llamar la atención, dicen profesionales concienzudos reunidos en torno a una mesa, coordinados.

Difícil discernir si este concepto forma parte del lenguaje técnico o popular, puesto que tanto se utiliza en reuniones de profesionales como una madre hablando de su hijo con el pescadero. Eso si, es uno de esos recursos que desarman sin decir absolutamente nada.

Un niño patalea, grita, roba: no es que quiera llamar la atención, es que la llama, eso es evidente y debería hacernos pensar de inmediato en por qué hace lo que hace, qué produce su malestar, cómo podemos ayudarle.

Algo falla cuando llamar la atención se convierte, no en una consecuencia tan evidente que resulta banal decirla, sino en el diagnóstico mismo. Decimos: solo lo hace para llamar la atención y respiramos tranquilos. No hay de que preocuparse. Ya se le pasará.

To be Continued…