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El Txoko

El TxokoCuando los apéndices estomacales empiezan a ser prominentes y la alopecia inunda hasta las testas más pobladas, es momento de cambiar de costumbres e iniciarse en los fogones. La sociedad gastronómica es un templo machista y humeante donde los bisontes del Norte, nos reunimos para degustar los más abundantes y exquisitos manjares.

Una de esas cartas extraviadas de los Servicios Sociales, me ha permitido visitar estos días otro Hogar de Acogida desconocido hasta el momento, y poder conocer en persona a dos de sus educadoras. Después de la presentación afectiva de rigor, la conversación transcurría amena y cordial, desgranando el día a día laboral de ambos recursos. Veinte minutos cocinando la profesión, a fuego lento. Muchas coincidencias y alguna particularidad diferenciada.

En uno de esos virajes de la conversación, a la compañera se le escapa un chascarrillo: “Tengo entendido, que en los Hogares de la Red Básica, los muchachos más complicados suelen residendializarlos en los de la Pública”. Yo, por el contrario, replico que he oído la misma historia, pero al revés: “Que casualidad, porque los compañeros de los Hogares de la Red Privada, pensamos que ocurría eso mismo con nuestros usuarios (de mayor problemática)”.

En esas, parece que surca por el ambiente un coordinador general (de ambos recursos, tanto de pública como privada) que viene a poner sensatez y luz en esta peculiar disyuntiva: “Nunca habrá una verdad absoluta de la realidad. Aquí al final cada cual, sin querer ver al de al lado, siempre defenderá su txoko”.

Es curioso, pero en muchas realidades de la Educación Social, lo problemático prestigia. Allí donde poca gente estaría dispuesta a gastar su tiempo, algunos/as locos inconformistas vemos más luces que sombras y más colores que en el arco iris. Luego el tiempo y las propias personas, se ocuparán de enfocar los caminos de cada cual.

He oído en alguna ocasión por ahí suelta, las dificultades que entrañaban para equipos educativos y educadores en particular, el hecho de recibir a un usuario conflictivo. Formamos un cuadro de matices preconcebidos, que acaban con un llanto laboral amargo, al son de: “¿Cómo nos mandan a fulanito aquí? No se dan cuenta de que va a suponer una referencia muy destructiva para el resto”.

Mientras algún compañero/a aporta alguna justificación de algo que no se justifica (es o no es), el txoko ha de ser defendido de posibles elementos externos adversos. Cuando algunos de nosotros seguimos mascullando entre bambalinas, a mí siempre me asalta otra serie de cuestiones paralelas: “Si no somos nosotros/as, ¿quién defiende al indefendible indefenso?”. Los queremos altos, guapos y rubios ¿Acaso queremos obviar que trabajamos con personas con dificultades añadidas? Presumimos de compromiso pero en ocasiones parecemos igual de egoístas que el funcionario sin escrúpulos de turno. – trabajo + fácil = – compromiso.

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