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Los Niños que Amaban a los Edusos (Parte II)

Los Niños que Amaban a los EdusosHoy notaba que iba a ser un día diferente. Ya desde los escasos minutos previos en que me permito desperezarme, mientras martillea el oído Francino y compañía (¿verdad?), iba diseñando los primeros compases de la jornada laboral:

– “Pues ahora en la mañana, me acerco 10 minutos antes al Colegio, porque seguro que lo encuentro en los columpios, y de manera casi involuntaria como quien no quiere la cosa, le busco con la mirada a ver si me reconoce y cuál es su reacción. Mientras, charlo un ratito con su madre acogedora”.

Durante este tiempo, he procurado reprimir como adulto (profesional) una situación que deseaba como niño: reencontrarme felizmente con el señor Roca, y fundirnos en un abrazo parecido a aquel que hubo de despedida. Semanas atrás, la compañera Mer nos informaba puntualmente de su bienestar personal y los pasos que iba dando con la nueva familia. En su nuevo camino, los educadores pensamos que debíamos ir apartándonos para que las nuevas vinculaciones se fuesen fortaleciendo, no entorpeciendo así dicho proceso de acoplamiento.

Ha cruzado la vetusta puerta de metal, como si del arco del triunfo se tratase. Venía pletórico, saludando a diestro y siniestro. Mientras se iba acercando, pude comprobar que se le había pegado una seña de identidad de la casa: lucía un hermoso pelo largo a lo Cuéntame. Cuando nos cruzamos la mirada, su eterna sonrisa risueña dijo todo lo demás.

10 am: El joven Aitor va camino de correr la misma suerte que su hermano. A partir del verano, tendrá que reencontrarse con nuevas metas: vivir con sus tíos, nuevo colegio, nueva ciudad… y con viejos miedos: otro cambio más en su vida, más despedidas y más incógnitas. Hoy tenemos cita con la psicóloga que desde hace un año le acompaña en este proceso. Mientras intercambiamos impresiones (Aitor por medio) y analizamos las últimas dificultades que ha tenido el joven en el colegio, nos damos cuenta que rompe a llorar. Le abrazo contra mí a la vez que la psicóloga le recuerda la necesidad y bondades que tiene el expresarse, y más de esa manera tan natural y poco prestigiosa. De repente se me ocurre sacar a la mesa, la anécdota matutina:

“¿Os he contado que esta misma mañana he coincido con el Sr. Roca? Mientras charlaba con su madre, se nos ha acercado para enseñarme un caramelo mentolado que le habían regalado. No eran más que las 9 de la mañana pero buscaba el momento de poder abrirlo. Al recordarle que sólo lo comiese cuando le entrase la tos seca que acostumbra a tener, ha girado la cabeza, nos ha mirado fijamente y de repente ha empezado a sonar lo que parecía un fuerte catarro”.

Aitor ha empezado a reír como si fuese el mejor chiste del año. Sus miedos y dudas, le han dado una tregua que le han permitido mostrarse una vez más, feliz y travieso como el solo sabe transmitir. Al fin y al cabo, el humorista del día es uno de los suyos. Sangre de su sangre.

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