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…..Que horas son, mi Corasón……

Que horas son mi corason

Me hace gracia, cuando oigo esa retahíla de que los europeos somos metódicos y milimétricamente cuadriculados. ¿A qué europeos se refieren? A los alemanes testarudos, a los franceses serios y aburridos (¿ han visto el film, Bienvenidos al Norte?) o aquellos otros ingleses, estrictamente puntuales. Pero, ¿qué es eso de ser estrictamente puntual? ¿Puntual, para qué?,¿ para la guerra ?¿Para el té?. ¿Para fotografiarse en Picadilly Circus? ¿O para ir de compras con el erario público?

Un viajero de las islas, con mas mala leche que las vacas locas, debió gritar algo así en una aventura llanera allá por Venezuela: “ ¡¡¡ My time is Money, my time is Money ¡¡¡ “. El guía nativo, de poco parecido al del anuncio de Malibú, casi le da un arrebato de ira cuando lo oía y se le demandaban cosas o servicios, que en determinados lugares, no pueden ser de otra manera, más que con paciencia.

De la era teléfonos móviles (ayer mismo) a nuestros días, este preciado don de la puntualidad, paso a mejor vida. Hoy es imposible terminar una conversación con alguien conocido con el que te vas a citar en breve, si no es con el “nos llamamos, vale?”. Los que hemos nacido desantenizados, aún recordamos con cierta nostalgia aquellas citas a una semana vista. Hora, lugar y fecha. Palabra dicha, palabra escrita.

Parece ser, de lo contrario es que nos estamos haciendo muy carcas, que hoy hay más prisas que antes, más compromisos que antes y cien mil cosas pendientes y de urgencia, que nos entretienen o retrasan en los compromisos adquiridos.

La puntualidad horaria, sin temor a errar, además de un acto de civismo es una demostración palpable de respeto al otro/a, diciéndole que me importa y por ello obro en consecuencia. Una manifestación abierta de educación y empatía, de correspondencia en al acto sacro de socializarse y quererse. Lo contrario es otra cosa bien distinta. Disfracemos, como lo disfracemos.

Mientras en el Hogar: Esta semana he contemplado atónito, como dos menores de edad, le han echado la bronca, por el móvil eso si, a sus respectivos progenitores. Un reproche fundamentado, adulto, razonado y sin fisuras: “Es a las once, papa. Ni a las 12 ni a las 10. A las once”. Acto seguido, me he preguntado quien era el adulto aquí. Antes de resolver la cuestión, me he dado cuenta de que era tarde, y debía irme a mi casa. La señora y un buen Rioja, tampoco deben esperar.