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Ácido Desoxirribonucleico Social

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Ni me acordaba de la recurrida palabreja de marras, cuando a finales de esta relajante primera etapa vacacional, me di de bruces con ella. En el ADN, se encierran muchos de los grandes secretos de nuestra historia personal y por ende, social. Somos lo que somos y como somos, gracias/por desgracia a nuestros progenitores, entre otros factores (no se vayan a echar encima los ambientalistas). Decía Alcántara, que para influir en la Educación de cualquier persona, habría que remontarse cien años antes de que naciera. Ya sabemos que estamos muy apegados a los genes, y que es imposible desembarazarse de ellos. A lo más que llegamos, es a saberlos utilizar en una u otra dirección.

Pero cuando la realidad canta a modo de acontecimiento incontrolable y primitivo, parece como si la Adenina, Timina, Citosina y Guanina, se fuesen al garete de un golpe. Los genes marcan y predisponen. Lo que no sabemos es cuantificarlo en cada caso: si mucho, poco o casi nada. Tendemos a medirnos, para buscar explicaciones o justificarnos ante comportamientos que no sabemos controlar. Naturaleza en estado puro.

A mi vuelta educativa, me cuentan que Sofía ha delinquido y se ha ido derechita a un centro cerrado de menores. La última vez que la vi, fue en un Juzgado. Iba por una cuenta pendiente respecto a un educador, y salió con una citación más por robo con violencia. Esta vez, nadie la ha perdonado ni le van a consentir esas libertades que ella tanto demanda, y mal utiliza.

Su prima adulta, una señora estable y familiar, avisaba no hace mucho sin ser psiquiatra ni educadora social, que caminaba con paso firme hacía un callejón sin salida. Le recordaba horrores, la trayectoria y vivencias personales que habían acontecido con su prima hermana (madre de Sofía). Marca familiar a fuego, que pocos/as consiguen rasgar de sus vestiduras.

Cierto día de reunión con el Consejo escolar, cuando aún estaba escolarizada y acudía rebeldemente al centro educativo, la madre responsable de la asociación de padres/madres me preguntó (y me indigné), si a la joven se le había practicado algún tipo de análisis o revisión neurológico, hormonal o sanguíneo. Se daba la característica materna, de que había consumido durante el periodo de gestación. A un ambientalista como yo, aquello me sonó a experimentos clínicos más cercanos al nazismo.

Cuatro años después, y con mayor información y experiencia, puedo decirle a aquella madre que Sofía no está bien y debemos hacer lo que haga falta para poder ayudarla, clínica, psicológica y educativamente.