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En uno de sus múltiples viajes por el mundo, el escritor francés Dominique Lapierre fue a dar con una lugareña allá por la estepa rusa. La señora, entre sorprendida y anonadada por el vehículo que les transportaba a los viajeros (un Simca años 70), le pidió el favor a Lapierre de poder deshinchar una de las ruedas. La razón no era otra que poder respirar y oler, aunque solo fuese la única vez en su vida, el aire de París.

Ya les adelanto queridos lectores que, de aquí en adelante, no mencionaré la palabra que tanto nos ocupa e historias nos aporta. No es momento de Educación Social, sino de una mirada a las cosas cotidianas desde la perspectiva afrancesada que me he procurado durante esta primera semana invernal.

En estos momentos de incertidumbre climática, el punto de vista europeo y mundial estaba puesto en Copenhague. Las esperanzas puestas en esa cumbre no eran muchas, dado que los trabajos previos y compromisos a priori no habían dado su fruto y así nos lo anunciaban las grandes potencias, para no acusarlas de demagógicas o falsarias: Ni China, ni USA ni la mayoría de países más contaminantes del planeta aceptarían protocolo alguno de recorte en sus emisiones de CO2. Todos los países y sus medios de comunicación se apostaron a las puertas de dicha cumbre, con la única y sana intención de ofrecernos a todos lo que ya sabíamos: Los países ricos no aceptan compromiso serio alguno y los países pobres luchan por un reconocimiento y una representatividad que les pertenece, pero que no aparece en los libros de ruta de la toma de decisiones importantes, excepción hecha a la oportunidad que se les brinda de poder vender sus cuotas de contaminación. Mientras, en las calles y periferia de la cumbre, se amotinan los movimientos ecologistas y antiglobalización para denunciar de la manera más llamativa y efectiva que tienen, que otro planeta es posible (si no nos cargamos antes este).

A la vez, en Francia el debate estos días gira en torno a la identidad nacional. El presidente Sarkozy (Sarko para los amigos) está preocupado por el incipiente auge de movimientos interculturales en el país, y que no redunden en una configuración más homogénea en torno a una nación, una bandera y una república. La proliferación de guetos en los extrarradios urbanos (recordando las revueltas juveniles, que en forma de quema de coches tuvo lugar en el año 2007 mientras el presidente era ministro de Interior en la etapa Chirac), las bolsas de pobreza que se apostan junto al Sena (Don Quixottes) como movimiento de denuncia para acceder a una vivienda digna como derecho y la presencia o convivencia de múltiples grupos poblacionales venidos de Marruecos, Argelia, Oriente Próximo, Portugal y Polonia principalmente, son elemento de preocupación en el país galo (y en España, en Suiza, en Alemania…) Vayamos por donde vayamos, pisemos por donde pisemos, la duda a la diferencia es motivo de reflexión y debate, y más aún si entre medio se cuela el apartado religioso (creencias y rituales) y cultural (costumbres).

Paseo de noche por Belleville, el Barrio de la antigua comuna. Germen de los movimientos de izquierdas (comunistas y anarquistas) en aquel célebre Mayo del 68, en el que con el paso de los años, todo el mundo pareciera haber estado allí. Mientras nos tomamos unas bierres au pression en Oberkampf, me viene a la memoria constantemente Lucio Urtubia, aquel viejo anarquista navarro que vive en este barrio y que siempre que puede proclama a los cuatro vientos una de sus máximas (más vigente que nunca, viendo los tiempos que corren): “Robar a los bancos es un deber moral”. Me gusta porque no dice nada que no hayan hecho antes estos últimos con los ciudadanos.

Por cada calle que pasamos, por cada esquina retro donde se asienta una cafetería de época o un bistroque o bajando por la ladera de Mont Martre hacía Rue LePic donde permanece el viejo cabaret Lupin Agile, me parece escuchar las viejas melodías de Edit Piaf. Ese llanto acaramelado de postguerra, que parece anhelar tiempos pretéritos. Ya lo decía el propio Borges, que quizás lo único que exista en realidad sea el pasado. Miro hacia atrás, leo mis indicaciones y notas viajeras y me parece haber encontrado un rincón diferente o un lugar escondido del que no ha sido participe ningún otro paseante anteriormente. Visualizo a Monet, Modigliani, Louis David o Picasso, paseando por las mismas rues y boulevards. Quizás aún no me haya recuperado del todo de aquella fatídica gripe noviembrera.

Como no todo iba a ser ensoñaciones y paseos idílicos, por la noche desciendo a la vulgaridad de los mortales que tanto me gusta y comparto. El partido de Champions entre el Olympique de Marsella y el Real Madrid, me ocupa durante un par de horas de descanso. Si, si… ya saben: Fútbol. Ese deporte que alguien bautizo como “juego entupido para gente inteligente”. Hoy le toca el turno a Cristiano. Está listo para embalar y aposentar en el Louvre, justo al lado de las estatuas de Miguel Ángel o bajo las escaleras de la Victoria (lusa en este caso) de Samotracia. Él, Messi, Iniesta y Xavi llevan un par de años, saltándose todos los códigos habidos hasta el momento, el de Hammurabi incluido. Ya lo siento por Ada Yonath, premio Nobel de Química, que estos días en el diario Público decía que “El Real Madrid interesa más que lo que descubramos los científicos“. No es mi caso, señora Yonath, pero dos horas cada miércoles semanalmente, bien me las debe permitir.

Continúo con la prensa, y veo que Aminatou Haidar tiene también su altavoz reivindicativo en Francia. No todo iba a ser malo en los medios de comunicación, aunque estos se empeñen en demasía en recordarnos que son defensores de la libertad y fieles protectores de la verdad. Pero, ¿a que verdad se referirán? ¿A la del Sáhara o a la de enfrentar a España con Marruecos? Que responda Sabater, defensor de la convivencia entre varias verdades.

Vuelve el manto iluminado de la noche, estrellas que se confunden con la iluminación navideña de las calles y el resplandor lejano de la Torre Eiffel. Hemos cruzado por los Invalidos, sorteando cañones y armatostes para la guerra. La Cúpula imponente y silenciosa, pide el respeto oportuno a Napoleón que éste olvidó dar a los diferentes pueblos y países de su imperio.

Tengo sueño y la ciudad me invita a ello. A partir de las 20 horas, seguir disfrutando del día se hace casi imposible. Es la Europa del desarrollo, del trabajo, de la organización y la metodología. Escaparse de ella para disfrutar y vivir libremente, se hace cada vez más difícil (incluso en España, ¿verdad Rafa Sánchez? (Actor y alma máter de la obra Educador Social en Alaska)). Perdón por esto último, pero ya saben: deformación profesional.