Tags

Related Posts

Share This

Collage (II)

Collage (II)Decía el genial Gila, que la modernidad había traído consigo la mala costumbre de viajar a toda pastilla. Prisas y correteos, que eran capaces de producir una incontinencia urinaria en Holanda, para empezar a bajarse los pantalones en Bélgica y no desahogarse de ella hasta llegar a Francia. Llevamos 3 días en la ciudad de la luz y aún nos queda la mitad del camino por hacer y decenas de rincones por degustar. La ciudad invita a la degustación, principalmente por su acompañamiento culinario: Crepes cada diez metros, Gofres cada veinticinco y restaurantes cada cien.

Por deformación cultural, hacemos caso a aquel escritor cuyo nombre no llego a recordar, quien dijo una vez que al él solo le interesaban de los lugares que visitaba, tres sitios o rincones: Los Templos, los Mercados y los Burdeles.

De los primeros, nos atraen Saint Sulpice de noche. La Iglesia está en reconstrucción y la fachada totalmente vestida de un manto obrero; pero su oscuridad y aspereza, hacen de ella un imán de atracción a la curiosidad. Su gnomon y línea de metal, nos recuerdan que todas las personas que allí nos citamos alrededor, es por culpa de Dan Brown y su Código.

Notre-Dame es la catedral por excelencia. Cuna de reyes y emperador. Encerrada en su isla y protegida por el río, luce más bonita a media tarde, cuando sus enormes rosetones iluminan de colores las inmediaciones. Bajando del Pantheón por el barrio latino, nos topamos de frente con esas gárgolas inanimadas que escupen ira y miradas violentas a quienes las observan. En el lateral de una de las torres, se asienta un artista callejero que nos deleita con un títere fiel reflejo de Noel Gallager, mientras de un cassette vetusto suena Wonderwall.

Por último, avanzamos caminando hacía Sacre Coeur. Balcón privilegiado de la ciudad, asentado en la cumbre de Mont Matre. Una vez arriba, la leyenda de Saint Denis, nos indica que debemos finalizar nuestro camino en la basílica del mismo nombre. Cuentan que la actual basílica se levantó en el mismo sitio al que Saint Denis llego después de ser decapitado en Montmatre y con su cabeza bajo el brazo. Nada más y nada menos que seis kilómetros de aquellos tiempos.

Bajamos de Mont Matre hacía Pigalle y allí descubrimos los locales más representativos de la casuística sexual. Cabarets, Burdeles y Sexódromos a ambos lados de la calle. Una ciudad tan clásica no podía obviar una de las profesiones y pasiones más antiguas del género humano. Entre ellos, destaca, como no, un remozado Moulin Rouge: Icono de ciertas libertades y muestrario de actuaciones memorables, no solo exhibicionistas. Su fachada reconocible, el gris de sus alrededores o las mujeres sin suerte en busca de un amor de una hora que por allí se asientan, me trasladan sin saber muy bien como, al recuerdo de Georges Brassens. Hermano musical por parte de madre, del genuino Javier Krahe. Mientras proseguimos el camino, voy tarareando La tormenta o La mauvaise reputation, anhelando aquellas letras de (des)amores im(posibles) e historias rocambolescas de señoras bien y amantes furtivos.

Las tardes están reservadas a la observación callejera y la auscultación mercantil. Los escaparates reclaman su atención de todas las maneras imaginables, recordándote que sigues allí: en el epicentro de la moda, las fragancias y el glamour. Avenue Montaigne nos encumbra a los mortales, hasta la cota más alta de prestigio y riqueza, durante los minutos que dura la travesía. Prendas y marcas que invitan a tener esos sueños de grandeza, de reconocimiento social y económico que todo ser humano ansía, aunque solo fuere una vez en la vida y en nuestro imaginario personal: Yves Sant Laurent, Gucci, Dior, Channel… todo suena bien. Los sentidos se disparan: A suavidad, a espuma, a champagne, a olores distinguidos, en definitiva, a sueño inalcanzable.

De noche, ya de vuelta por Stalingrado, suena Manu Chao en la megafonía del metro. El genio de Sévres, hace emerger dentro de mí un pequeño brío de rock corporal. El Hoyo hace sonar las trompetas y guitarras del hijo pródigo, testigo ahora cedido, según la prensa, a una tal Charlotte Gaingsbourg, hija de Jane Birkin. Manu, fundador de Mano Negra aún hoy reclama cierto idealismo como mejor fórmula de vida y convivencia: “La gente me exige respuestas políticas. Y yo les digo que soy como ellos. Que estoy perdido en el siglo, buscando la tumba de Don Quijote”.

Una mañana más, nos abrigamos, como corresponde a la época, en Ille- de-France. La noche anterior, el hijo del mestizaje musical nos recordó que aún vale la pena buscar algunas tumbas para recordar a ciertos personajes que de una u otra manera, te han aportado algo. Pére Lachaise es el lugar adecuado para rendir dicho tributo: Balzac, Chopin, Bizet, Delacroix, David (ilustrador de la primera parte de Collage), Edith Piaf, Proust, Jim Morrison, Lesseps o el inigualable (hasta en la forma de despedirse) Oscar Wilde. Llegamos a la altura del monolito egipcio que gobierna sus últimos aposentos y nos percatamos del gran aclamo y admiración que existe hacía su persona y su obra literaria. La piedra empieza a estar desgastada por los miles de besos encarminados que la barnizan. Mientras, una joven admiradora, despeinada y picassiana, nos sonríe y mira fijamente como queriéndonos decir la importancia vital que para ella supone ese momento tan especial. Mi francés no alcanza a explicarle, que solo deseo hacer una foto y por tanto necesito que se retire unos segundos. Calza una zapatilla de cada color, pero parece no importarle. La obra de Wilde la entiende, la ayuda y la protege. Con eso ya le vale.