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Apocalipsis 67

Apocalipsis 67

Abre la puerta del despacho. Torpemente se apoya en un desgastado bastón que desde hace un par de años le sirve de sustento ante una dolorosa artrosis que le machaca sus articulaciones.

Lo primero que se encuentra al alzar la mirada desde su encorvado tronco es a su próximo interlocutor, un joven pertrechado con unos auriculares inalámbricos y cuyo rostro refleja una cierta sensación de agobio y pesadumbre.

– No consigo encontrar trabajo – gime – y me han echado a patadas de los dos últimos empleos en los que he estado.

– Ajá – acierta a contestar el hombrecillo.

– Y tengo mujer y un niño recién nacido. Necesito que desde los servicios sociales me ayudéis.

Casi 50 años oyendo historias parecidas. Casi a punto de cumplir las bodas de oro en un recurso en el que él es el profesional más veterano.

A poco más de dos horas para jubilarse, el hombrecillo echa la vista atrás, hasta el año 2010 y recuerda la terrible crisis que vivió su país. Y rememora, con amargor, como las medidas que se aplicaron para tratar de mejorar la economía produjeron un efecto en el que los principales paganos fueron los de siempre, la clase obrera, a quien se la premió con un abaratamiento del despido.

También se acuerda cómo se redujeron las políticas y las inversiones públicas, dejando importantes gestiones en manos privadas, lo cual, ligado a lo anterior, contribuyó a un empeoramiento de las condiciones laborales de muchas personas.

En aquella época, piensa, los bancos y las grandes empresas, así como los jeriflates del estado, seguían teniendo pingües beneficios y la oportunidad de jubilarse a una edad digna, con una pensión más que generosa. Pero claro, para que eso se dé, tienen que estar los panchitos que trabajan hasta los 67 por una pensión irrisoria.

Lo recordaba y lo vivía en sus propias carnes. Con 66 años, trabajando como Educador Social, a pocas horas de ganarse un más que merecido descanso tras tantos años de dedicación en una empresa privada…

A lo mejor, atender a este último usuario le estaba haciendo florecer la rebeldía que hacía unos años poseía y que, a estas alturas, había quedado sepultada por el irremediable peso y paso de los años; a lo peor, había destapado una subjetiva mirada apocalíptica que le impedía ver que aquellas impopulares medidas fueron necesarias para que ahora él, a pocas horas de la jubilación, puediese disfrutar de un sistema de garantías y de seguridad que le permitiría pasar la última etapa de su vida con cierta dignidad.

Sea como fuere, a esas alturas, lo último que se le pasaba por su arrugada y calva cabeza era, precisamente, comérsela con ese tipo de planteamientos. Se iba a limitar a dar la mejor atención a la persona que tenía delante, como siempre había hecho, y después se iba a ir a buscar a su mujer, a coger el coche y a celebrar su 67 cumpleaños en la casita marbellí adquirida con los ahorros de tantos años.