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Perder los Papeles

Perder los PapelesLa semana había transcurrido muy lentamente, con enormes dificultades de comportamiento por parte de los jóvenes y con desencuentros convivenciales que iban a necesitar de un abordaje especial. Atrás habían quedado pequeñas batallas diarias sin resolver y quizás era demasiado tarde para recuperar la normalidad con el viejo librillo de buenas prácticas pedagógicas.

Fue un infierno humano encerrado entre cuatro paredes. Pequeños tiranos de 13 años que pretendían asumir el control de un hogar educativo a golpe de exigencias, peleas, provocaciones y desacatos. Las llamadas entre compañeros/as profesionales y demás comunicaciones sólo tenían un mismo fin: cómo abordar esas problemáticas y guiar a los compañeros/as entre tanta oscuridad.

Ni mi coordinador, ni yo como acompañante, teníamos la linterna mágica que nos alumbrará en momentos de penumbra, ni el machete pedagógico que nos permitiese abrirnos camino entre tanta vegetación. Pero si atisbábamos una realidad, como hasta el momento, NO. Uno que llegaba a las 11 de la noche a casa y pretendía hacerse un filete porque no le gustaba la cena, otro que procuraba comer siempre los postres habidos y por haber: helados, yogures… Otro que no se levantaba para ir al colegio, “total peor de lo que estoy no voy a estar“, otro que atacaba y perseguía demoníacamente a un compañero con discapacidad intelectual, para demostrar su poder y valía.

La visita a ese hogar, no fue una visita cualquiera. Tenía una carga implícita muy marcada. Esa tarde de sábado, iba a ser utilizada como resorte y apoyo incondicional a los compañeros/as que estaban lidiando con esas dificultades. Para los jóvenes, debía parecer una muestra clara de apoyo profesional. Todos/as somos educadores, todos/as somos los adultos significativos que patronan los diferentes recursos de acogimiento residencial, todos/as somos vuestra autoridad. Ya no valían los discursos moralistas, ni las negociaciones asertivas. Era el momento del puñetazo en la mesa y saber el sitio que le corresponde a cada cual y respetarlo sin condiciones: “Tú ahí y yo aquí. No te confundas: No somos iguales“.

Llamamos al timbre y a través de la puerta traspasa todavía un poco de murmullo y alboroto juvenil. Según nos abren, uno de los jóvenes impertinentes y alborotadores, se abalanza sobre nosotros y portando unos papeles en la mano, exclama: “¡¡¡Tengo mis derechos!!!. No me podéis tocar ni hacer nada. Los he leído y están aquí escritos“. No acaba su intervención, cuando le agarro de un tirón los papeles que portaba y los rompo en mil pedazos delante de su rostro. “Cuando cumplas con tus obligaciones, empezaremos a tratar de tus derechos“. Su mirada atónita y postura medio encogida, le rebaja un instante a la realidad terrenal que le corresponde.

Mientras me encamino hacía a la cocina, el joven se evade en el salón procurando jugar con un videojuego con cierta normalidad, haciendo ver que allí no ha sucedido nada; donde si ha pasado algo. Abro la basura y caen de mis manos hecho añicos, parte de la Declaración Universal de los derechos de la Infancia de Unicef y parte de los derechos de la Infancia del Ararteko (Defensor del Pueblo en Euskadi). El simbolismo de unos papeles o una declaración universal, rota en mil pedazos… Sólo por un momento.

El joven sólo se había leído el primer punto: El derecho a la vida; pero ignoraba que no existía ningún derecho relacionado a hacer lo que le venga en gana: ni en tiempo ni en modo.

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