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Cuando un amigo se va

Cuando un amigo se va

Tranquis, ¿eh?, que no ha pasado nada malo. Utilizo esta expresión como título para comentar las sensaciones que estoy viviendo las últimas semanas ante el inminente cambio laboral que se avecina. Y es que puede que muchos de vosotros y vosotras ya sepáis que me ha surgido la oportunidad de cambiar de curro y he dicho que sí.

Tranquis, ¿eh?, que seguiré como Educador Social, aunque el cambio, ciertamente, es bastante radical. No entraré en detalles más que por mí por las personas con las que estoy trabajando, pero he de decir que la principal característica o diferencia va a ser que ya no tendré intervenciones directas (o presenciales) con personas.

Tranquis, ¿eh?, que el contacto lo voy a seguir teniendo pero vamos a decir que a través de sistemas más… mmmm… telemáticos. Sí, telemáticos está bien.

Pero no era mi intención hablarles del que me va a ser mi nuevo currelo si no, como decía al principio, describirles unas sensaciones particulares. Veamos: partamos de la base, ampliamente extendida y comentada otras veces en este mismo blog, de que no somos imprescindibles para las personas con las que trabajamos. Siempre lo he creído y lo creeré. De hecho, siempre me he comportado a partir de esa máxima y creo que lo sigo haciendo.

El caso es que, a diferencia de mis anteriores cambios de curro como Educador, ahora estoy experimentando una cierta tristeza o melancolía o incertidumbre ante el “qué va a ser de mis familias” (arg, ¡qué asco me doy!, jejeje) De ahí el “cuando un amigo se va“. Y es que en las primeras despedidas que estoy empezando a hacer con mis familias me quedo con esa sensación y noto que ellas también un poco.

En los anteriores curros, al ejercer un papel educativo más comunitario (con grandes grupos, con el barrio, etcétera) pues sí, también daba pena, no voy a decir que no ni voy a dármelas de durito, pero esta vez es diferente… Hay mariposeo y hay nudo en el estómago en las citas. El sabor de la despedida está mucho más acentuado.

Y es que tras estar trabajando más de cuatro años como Educador Familiar hay que reconocer que con algunas personas se establece una relación que hace que la despedida no sea tan fácil; no de amigos, eso lo sabemos ambas partes, pero, en algunos casos, han compartido cosas que, como persona, no dejan inamovible y éso también lo sabemos ambas partes. Quizá sea eso lo más mágico que tiene nuestra profesión…

Pero, ces’t la vie… Sé que les va a ir muy bien con mi sustituto y sé que, más pronto que tarde, podrán echar a caminar solas, sin necesidad de unos profesionales que vayan a su casa a darles la txapa.

Como txapa es la que os caído hoy en esta entrada. Pero tenía la necesidad de vomitar estas sensaciones. En conclusión: recordemos que no somos imprescindibles. Y como lectura positiva: dentro de pocas semanas cambiaré mis historias para contar en el EducaBlog.