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Las redes sociales y las nuevas tecnologías, permiten casualmente, entre tanta vorágine informativa y comunicativa, algún que otro milagro socioeducativo o, al menos, un largo y pronunciado momento de carcajada.

Hace días, intentando gestar una entrevista con la madre de un menor, me las tuve que ingeniar para convencerla de la necesidad de nuestro encuentro y la implicación que el gesto conllevaba hacia su hijo y el caso que nos ocupaba. No iba a ser todo un camino de rosas y menos en un caso de sobreprotección familiar donde el vástago consentido siempre tenía razón y todo el mundo le tenía manía. Quizás entreviera, con buen tino, que la entrevista iba encaminada a una nueva revisión de su hijo (la quincuagésima) y que lo aportado, nunca sería como lo que ella misma, de primera mano, había vivido a diario.

“Hola soy la madre d Ismael te eyamado para de cirte ke mi ija esta empracticas y llega a casa a las 8 y no tiene yabes yamame para ke dar mañana más pronto”.

En numerosos artículos o posts (todavía no acabo de reconocerme en las TIC) de Quique, el Educador Social en Alaska, compruebo con satisfacción la presencia y reconocimiento de una máxima en nuestros recursos sociales de base: Hay momentos en la vida que cualquier persona de a pie pase una mala racha y tenga que hacer uso de los servicios sociales. Por diversas circunstancias, todos/as pudiéramos ser usuarios en potencia y no por ello ser o parecer menos.

El primer día que empecé en esta profesión, conocí a una señora con tres hijos que se encontraba en esta misma coyuntura. El alcohol le impedía desarrollar sus circunstancias personales más relevantes: como madre y como trabajadora que sustenta a una familia. Tuve el placer de trabajar con uno de sus hijos durante cinco años. Hoy es el día que cuando paso por el taller mecánico, me acerco a saludarle y saber cómo le va. A su madre hace tres que no la veo, pero no falta un año, por navidades, que me envíe el pertinente mensaje al móvil. Es una felicitación navideña, que encierra mucha más información y simbología que los 45 caracteres que posee. Es la continuación y el recordatorio telemático (ahora que está de moda la palabra) de un trabajo bien hecho, de una ayuda eficaz en unos momentos personales muy difíciles, con final feliz.