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Judicializando la Educación Social

Judicializando la Educación SocialYa ha quedado demostrado, en esta nuestra sociedad del bienestar, del derecho y las libertades, que el uso y manifestación de todas ellas, produce en ocasiones asimetrías y distensiones, que escapan al sentido común y la cordura. Hace unos meses, apesadumbrado, me acerqué a la reunión de equipo semanal con una perspectiva nihilista de lo que debiera ser un trabajo social profesional en un recurso residencial como el nuestro: pasamos más tiempo en los Juzgados y tenemos un aumento de problemáticas que pasean por ese recurso, antes desconocido para el mundo socio-educativo.

Defenderse de algo o de alguien es un derecho innegable, cuando creemos que atentan contra los valores sociales antes descritos. En el ejercicio de esa libertad, se halla, desde un tiempo a esta parte, la condición de denunciar ese hecho. Y de igual manera que se ejerce ese derecho, en ocasiones se abusa del mismo. Es una tendencia maliciosa de la denuncia “a todo lo que se menea” o como dijo en su día nuestro amigo Quique, la absurda situación de que “la mitad del mundo actual, denuncie a la otra mitad”.

Hasta hace poco, la Justicia pasaba por ser un lugar privativo y de autoridad socrática, lugar de desencuentro para personas proclives a los conflictos. En los años 90 y con la bochornosa colaboración de personajes como Ana Obregón, nos enteramos que la psicología había bautizado este desajuste como, Síndrome de Querulacia (o delirios pleitistas). Gente insegura, tendente a los extremos, con cuadros de border line, que buscaban en las comisarías y en los Juzgados la protección ante los peligros externos e inmundos que les acechaban, en concreto, todos concernientes al resto de mortales y nunca en ellos mismos, como raíz u origen del problema.

Eso mismo le ocurrió a la Sanidad, desde que se inicio su cobertura universal como institución y servicio público (y que continúe muchos años, a pesar de los avances Esperanzianos liberalizadores). No todos/as partimos del concepto y la educación necesaria, para saber hacer un uso responsable y necesario de los mencionados recursos. La cultura mediterránea de la gratuidad, se ha afianzado históricamente entre nosotros/as, haciéndonos creer que el estado no somos todos/as y que “maricón el último” o lo que es lo mismo: Antes de que se aprovechen otros de una cosa, me aprovecho yo mismo, aunque no lo necesite.

Quizás este exagerando un poco o me remueva las tripas, como digo, este pesimismo educativo social que me escuece estos días por dentro. Como dijo Ludwig Wittgenstein, en su ya célebre Tractatus Philosophicus: “(…) ahora bien, dicho todo esto; concluyan que todo lo anterior es mentira”. Como tampoco quiero parecer una víctima, ni un desprotegido, finalizo el articulo de hoy con otra de sus afirmaciones: “Es un libro que consta de dos partes: la aquí presentada y lo que no escribí. Justamente esa segunda parte es la más importante”. Y esto sí que Wiitgenstein, se lo llevará a su tumba.