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Empacho Segoviano

Empacho Segoviano

Mi hermano Bidezabal es un educador afable encerrado en un cuerpo rudo de 192 centímetros de longitud. Su cuerpo mide lo mismo que su humanidad. En 11 años, jamás le he conocido enemigo ni disputa alguna y no ha sido porque no haya gente preparada para el enconamiento. Es que con él, no va eso de la vehemencia. Ejemplariza desde el sosiego y la reflexión; ganada a pulso con una educación crítica (su familia), histórica (su afán didáctico) y amorosa (su mujer). Es mi amigo, pero también es un ejemplo de persona, constándome que muchos de los que le conocemos, comparten esta opinión.

Si no fuera porque conduce con una prudencia desmesurada, podríamos estar hablando de la perfección personalizada. El auto que manejaba el pasado fin de semana, se ha adaptado a su dueño como si de un animal de compañía se tratase. Por momentos confundo al coche y al dueño: ambos discurren sus entrañables y entusiastas historias, con pausa armoniosa. Que no confundir con parsimonias pausadas. Siente pasión por sus orígenes y es el mejor embajador segoviano del norte peninsular. Recupera la memoria de los briqueros y su gaceria, dibuja en las conciencias colectivas las hoces del Duratón y antes de llegar a San Frutos, escucha como nadie a los moradores de esas áridas paredes. Son buitres leonados, reales. No esos que aprovechan las dificultades económicas para seguir haciendo su agosto, aunque estemos en Junio.

Todavía se alegra como un niño cuando descubre en el Castillo de Pedraza una casa museo del pintor eibarrés Zuloaga. Te enseña con entusiasmo justificado una taberna del siglo XVIII donde te agasajan con una jarrita de clarete de la tierra, acompañado de un queso y chorizo labordetano. Sus paredes son un templo viviente de la España cañí, esa que con motivo de los mundiales y eurocopas resurge de las garras de la crisis. Pan y circo, le llaman. ¿Y porqué no? Ya nos estamos mojando demasiado con estas lluvias, como para impregnarnos encima de nuestras propias lágrimas.

Hicimos acopio de un buen cordero lechal, tal y como manda la tradición. Nos dio tiempo a conocer Olmedo y disfrutar de su afamada tortilla, no sin antes revisar el reciente parque temático del Mudéjar. Un atractivo recorrido, tanto para niños/as como para adultos, de distintas representaciones a escala humana de Castillos e Iglesias de las provincias limítrofes. La noche estaba reservada a los raspaos cantalejanos y a las tapas del Tomasín. Sus patatas revolconas o su imitación del lacón asado gallego, son para nota. Como hubiese afirmado durante los graciosos lapsus linguae que frecuento: “se me ponen los pelos de gallina”, con solo recordarlo.

Por lo demás, el fin de semana segoviano transcurrió hablando del trabajo, de nuestros proyectos, nuestros educandos, nuestras frustraciones, nuestras dudas, nuestras alegrías y la profesión en general. Pero eso es ya otra historia: quizás aburrida, quizás triturada. Y lo último que deseamos, es provocar un empacho social.

Dedicado a mis hermanos y amigos, Bidezabal y Ly.