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Imparcialidades

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“Un periodista es aquel que opina de muchas cosas, pero que no sabe de ninguna en concreto”. La frase, no sé si atribuible o no a mi amigo J.C., me la prestó dicho profesional de la información. Además de categórica y anecdótica, me gustó mucho por la comparativa que me permite, hacia mi trabajo como Educador Social.

Son casi ya nueve años los empleados en algún centro y hogares residenciales de menores en situación de desprotección. Hoy me voy a detener algo más en el día a día con adolescentes y jóvenes. No sólo trabajo con ellos/as, sino que convivo. El compartir un techo, un proyecto y, en menor medida, una vida, nos garantiza tener una relación directa e intransferible: para lo bueno (consecuciones) o para lo malo (fricciones o incompatibilidades). Hay que escuchar mucho, hay que dialogar mucho más, pero también hay que decidir. Las decisiones (o actuaciones e intervenciones, como gusta a nuestro refranero) van desde el consentimiento, pasando por el consenso hasta la negación llegando incluso a la prohibición.

Algunos días, ya digo, toca tirar de sentido común subjetivo (el de uno/a mismo/a o el del equipo educativo al que esté adscrito) y sacar el librillo de justicia. “Eso también es educar”, nos intentamos transmitir y concienciar entre profesionales. En ocasiones, cuando se atascan ciertos comportamientos, se incumplen ciertas obligaciones o se procuran ciertos abusos, nos encontramos ante una disyuntiva un tanto curiosa. Es momento de ponerte la toga e intentar reconducir el buen funcionamiento (o al menos, un funcionamiento normalizado) de un hogar donde convivimos más de diez personas. Dejas de ser educador, para transformarte en juez. Oyes, ves, lees la jugada e impartes. Proceso que no suele ser lento, pero que sí puede llegar a ser injusto o menos parcial. El motivo es bien sencillo: no somos jueces y sí somos personas; que como tales nos equivocamos. Si a eso, le sumamos las reiteradas ocasiones o circunstancias que pueden asomarse en la vida cotidiana tantas cabecitas pensantes, pues se pueden hacer a la idea. “A este sí y a mi no“, “¿Porqué? ¿Y porqué?“, “Pues yo no, pero aquel otro si“, “A mí me tienes manía y al otro se lo permites“, etc, etc…

Para el adolescente medio, en plena etapa de confirmación de identidad, afianzamiento de personalidad y ansias por disfrutar y conocer todo lo que le rodea, la directividad o autoridad, chocan de frente contra el sentimiento juvenil de libertad y autonomía. Es cierto, tienen razón nuestros jóvenes. Deben ser y participar en la próxima vida adulta, con libertad. Pero mientras ese momento llega, que no se confundan: aquí manda el adulto, osease, los educadores. Y en esta fiesta, estamos todos/as invitados/as: jóvenes y adultos, niños/as y abuelos.

Mi pretensión diaria no es ser juez, ni policía. Y ni mucho menos, un colega o palmero. Soy su educador, su consejero, su facilitador, su ayudante, si quiere su amigo/a. Entender y canalizar eso, desde la asimetría de una relación personal desigual, de educador a educando, es una de las máximas que habrá que procurar conciliar. Para saber de que hablamos, con quien hablamos y donde queremos llegar.

PD: Cuando se apague la cámara y la policía y la justicia de verdad cumpla con su trabajo, al Pin-Pan-Pun Toma Lacasitos, se le debería atragantar el chocolate.

Ilustración: Jack Mircala.