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Ni Zapatero Ni Sara Carbonero

NI ZAPATERO NI SARA CARBONERONo se sabe cuándo ni cómo, pero con el paso del tiempo se ha evidenciado que el deporte nacional por antonomasia poco o nada tiene que ver con el que se practica estas semanas en Sudáfrica. Ni Maradona con esas pintas de patriarca gitano, ni las calamidades de los metas ingleses, ni Aragonés con sus comentarios faraónicos de ultratumba.

En el fútbol, como en la sociedad misma, la búsqueda de culpabilidades fuera del círculo unipersonal, es un hábito destructivo que difícilmente tapa nuestras penas, errores e incompetencias. Siempre habrá alguien cercano o lejano, que sea más o menos que nosotros. Y si no lo hubiese, lo inventamos.

Hace un tiempo conocí a un padre de familia, que vestía su enorme personalidad con palabras, cuya realidad cotidiana con la que convivía le dejaba al desnudo, un día sí y otro también:

“Si no es por no trabajar. Si yo trabajar, he trabajado muchísimo toda mi vida. Lo que pasa es que…”.

Para imprimir su vida laboral, habría que talar al menos cinco árboles. No le presto mucha atención (para que mentir), pero si le diera la rienda que él pretende, no le temblaría el pulso en despotricar sobre jefes, compañeros/as, odios y envidias. Una larga lista de cadáveres profesionales, que concluyen en una misma idea: ni trabaja ni quiere trabajar, siendo innecesaria mención alguna a la crisis. ¿Para qué? Vive encrisao desde hace muchísimos años y quizás naciese en ella.

“Como me pueden decir a mí que mi hijo no es sociable. Pero si habla con todo el mundo. Ayer se hizo un amiguito en cinco minutos y se quedó jugando con él, sin conocerle de nada”.

Hablo con la profesora del muchacho y me confirma que hablar, habla. Pero no dialoga. Escucha poco y tolera malamente la frustración. Este mismo padre es la figura con quien más enconamiento y reproches familiares entabla. Al niño es muy difícil encontrarle un silencio, evadirse por momentos del mundo trepidante y movido que le ha tocado o reflexionar por un segundo el acto que va a acometer a posteriori. Habla mucho y de todo, pareciendo un pequeño aventajado. Finalmente compruebas, que es como su padre pero en frasco pequeño.

“Por que si mis hijos están aquí, es por el tema de la vivienda. Eso lo tengo clarísimo. En cuanto lo solucione, los niños podrán volver conmigo. Para el martes, creo que puede estar arreglado”.

Dan igual los informes, dan igual los profesionales, dan igual los servicios sociales gastados. El pasado es pasado y, como si no hubiese existido, el bucle dialéctico le retrae siempre a un futuro idílico y deseado, que poco se asemeja a la realidad del momento. La última vez que sus hijos estuvieron viviendo en hogares de acogida, la visita duró casi cinco años. Esperemos que en esta ocasión, sea más breve y productiva. Y quizás así, se resuelva el día de la marmota familiar: más hijos, más gastos, menos recursos, menos trabajo… Y al final de la película, procurar no repetir el papel de secundarios. Sin enemigos a los que despellejar ni instituciones a las que maldecir. Protagonistas de su propia producción, esperando un final feliz.

PD: Mientras escribo estas palabras, un escritor de autoayuda martillea mis oídos con su nuevo libro, basado en la inteligencia emocional y las buenas practicas en la comunicación. Lo que no sé, es si las habrá oído este padre. Creo que no. Por ello, un día de estos me echo pa’lante y se lo insinúo.

“Dime como hablas y te diré que relaciones sociales fabricas”.

Ilustración: Jack Mircala.