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El Regreso

El RegresoMe sitúo ante el cursor que parpadea ante mí, como tantas otras veces. Me ha costado mucho el volver a llegar hasta aquí desde marzo pasado…

Muchos sentimientos, sensaciones, se arremolinan en mi mente, siento un repentino escalofrío.

Comienzo a deslizar mis dedos sobre las teclas que repiquetean bajo su presión. Poco a poco van acelerando sus pasos, despojándose de un oxido invisible a simple vista, que no evita que sonría al ver como vuelvo a escribir como solía. No lo he olvidado, no lo he abandonado. Sólo he esperado el momento, ese instante en él que todo vuelve a cobrar sentido y las letras ocupan su lugar con total lógica.

Estos meses, una enfermedad ha requerido todas mis energías, todo mi aliento y las letras, las palabras, han tenido que esperar pacientes, agolpadas en mi sesera.

En estos momentos, la vida se simplifica, empujada por un golpe de estado en el que se impone la razón de la supervivencia. Debes centrarte en sobrevivir. Así de claro, así de contundente. Lo importante es llegar a mañana, es llegar a la siguiente hora, al siguiente minuto, al instante siguiente… Lo demás es superfluo, es una bagatela, un adorno. Arrinconadas quedan preocupaciones de toda índole: ideológicas, de imagen, laborales, políticas, sociales… Todo toma una textura vacía, traslúcida e indiferente.

La semana pasada, un conocido me decía que hay cosas que sólo se llegan a comprender cuando las sufres en tus propias carnes. Ahora soy consciente de cuanta verdad hay en estas palabras. Siendo así, la empatía es una virtud, eso sí, una virtud con sus límites.

Todavía hoy, el golpe de estado en la república de mi vida no ha concluído, todavía se activan los vaivenes del ánimo y los miedos afloran, pero…

Aquí y allá se encienden pequeñas hogueras de rebeldía, se escucha el sonido de palabras que parecían ya olvidadas, un paso tras otro impulsó mi cuerpo hacia delante. No en vano, si destaco en alguna cosa, es en mi determinación por no rendirme e ir siempre más allá, o quizá lo confunda con simple instinto de supervivencia.

En cualquier caso, en ese avanzar al que me refiero, toma importancia el avanzar de este cursor parpadeante al que nunca llego a alcanzar, por más que acelere mis letras. Él marca un horizonte en mi vida, un inabarcable horizonte al que se dirigen ordenadas miles, cientos de miles de palabras que brotan de mi mente raudas hasta las falanges de mis dedos.

Es reconfortante, es “maravilloso” imaginar ese mar de letras ondulantes, agitarse, estremecerse en busca de ese horizonte.

– Cursor, no dejes de agitarte delante de la última letra que aún me quede por escribir, porque aún queda mucho Iñigo y las ganas nunca se fueron.

Salid a la ventana más cercana, a la azotea más alta, salid y gritar bien fuerte…

Tote ha vuelto y ha vuelto con ganas.