Tags

Related Posts

Share This

Patxi y la Fábrica de Chocolate

Hace ya seis meses que se alojó entre nosotros un jovenzuelo de 9 años, con aires y gestos amables pero cara desencajada. Pensábamos, en origen, que un cambio tan repentino y con esas dosis tan fuertes de emotividad y dramatismo, podían ser la causa de ese rostro forzado y cejijunto.

La familia al completo (dos adultos y tres niñ@s) habían sido desahuciados. Acababan de echarles de casa y no tenían donde caerse vivos. Al cabo del tiempo, supimos que el desahucio venía de lejos, pero los padres no hacían caso del mismo ni lo atisbaban como posible. Hasta que sucedió. Todo este párrafo, narrado al pie de la letra por nuestro querido, simpático, cariñoso pero refunfuñón, Patxi.

Patxi es locuaz, como su padre. Opina de todo y sabe de mucho más. Cuestiones imposibles con tan corta edad. Aún así, es muy listo e inteligente, aunque su padre no lo sepa y vea en él un “yo” replicante e incisivo. Un mini-yo de su sangre, que tomó por costumbre el cuestionar cuantas decisiones y opiniones se diesen en el círculo familiar y amistoso más cercano. Y eso, si no se entiende ni maneja bien, puede parecer rebelde, contestatario y destructivo.

Nada más lejos de la realidad. Patxi está llamando a las puertas de la atención una vez sí y otra también. Está en su derecho, y más cuando en 8 años no se le ha prestado la que merece ni dispendido el acercamiento necesario. Sólo consejos y directrices no valen en una relación filio-parental, ni educativa y si me apuras ni amistosa. Abundan más los reproches y las quejas, que las alabanzas y motivaciones.

La semana pasada, con el afán de protagonismo que me caracteriza, invité al padre a una charla en el despacho de educadores. Escogimos escenario, cuidamos el momento y nos acercamos a él, con todo el manual de habilidades sociales recomendadas: mucha empatía, un poco de asertividad, charla distendida, ambiente relajado y dejando fluir deseos y emociones que pudiesen acercar y endulzar la figura del chico, en contra de esa barrera psicológica paterna que inundaba la relación intrafamiliar.

Solamente necesitaba 10 minutos, nada de discursos grandilocuentes ni grandes reflexiones. En corto y al pie. Al poco de terminar, me di cuenta de que habíamos hablado un rato pero no había escuchado nada de lo allí expuesto. Le faltó tiempo de réplica (no pensaba en ella, pues no era un feedback de reproches o consejos, sino una reflexión al aire para soñadores), ya que sus principios seguirían tal y como entraron (sería un iluso si pensase lo contrario) y además sería él quien me leería a mí la libreta con alguna que otra forma o momento pedagógico, del que no estaba enteramente de acuerdo: “No es por nada, pero desde que entró Patxi al hogar, está mucho más mimado y contestón”.

“Puede que tenga razón”, me repliqué internamente. Sólo tardó en desmontarse dicha teoría, las dos horas que duró aquel mismo encuentro familiar de aquella tarde. Al comprobar como a Patxi, en su retorno llorón y cascarrabias, le había sido imposible celebrar con su padre las extraordinarias calificaciones escolares; quedando privado de su dulce favorito y escaso: un Huevo Kinder. Un huevo de chocolate semanal que él ansía enfervorecidamente y combate o lamenta si no tiene lugar. En este caso, motivado por las prisas y la falta de tiempo paterno. Tiempo, que bien vale un hijo. Tiempo que, al menos yo, no considero capricho alguno.

Dedicado a los genios Roald Dahl y Tim Burton.