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Diario de un Educador: Bienvenido al Navío Capitán Sparrow

Oscar era mi jefe, mirada perdida en tiempos pasados, que él valoraba como mejores.

No sé si os habrá pasado al mirar a una persona en la que por un momento intuís el niño que fue, veis por un instante asomar la tierna y pura ilusión de un adolescente que avanzaba a zancadas, ahora encerrado en esa gruesa piel de adulto que empieza a ajarse.
Esas sensaciones, esas repentinas intuiciones, son de las que a mí me hacen mantener la esperanza en el ser humano. Mientras quede un latido de ilusión aún dentro de la gris carcasa.

Así veía yo a Oscar. Por un lado, parecía un adulto un tanto apagado, que caminaba casi por inercia, con pilas casi gastadas, arrastrando los pies, para al paso siguiente mostrar una agilidad propia de un adolescente, sólo en un destello, en un instante, como una pincelada de desafiante naranja sobre un lienzo de eterno negro.

Él me hablaba con ilusión de un nuevo proyecto que les habían encargado a su asociación “Enocio”. Consistía en la puesta en marcha de una ludoteca en un barrio situado en el extrarradio de la ciudad. El proyecto era ilusionante, como Oscar intentaba transmitir con éxito desigual. Este barrio no había conocido un servicio parecido y la juventud de la zona agradecería un poco de atención. Yo me sentía emocionado, embargado por la oportunidad y a la vez cagado de miedo.

Ya no iba a estar arropado en los automatismos, en el anonimato de la veloz dinámica del comedor. Ahora, me iba a ver a mí mismo al frente de la tripulación, al frente del navío y esperaba acercarme más al Russell Crowe en Master and Comander que al capitán Sparrow.

Estuvimos hablando de organizar distintas actividades y talleres y de la posibilidad de realizar alguna salida de vez en cuando. Los jueves a las 10 de la mañana, sería el momento de reunirnos para hacer el seguimiento y planificar las actividades. Me imaginaba en medio de un grupo de jóvenes atentos a mi explicación práctica sobre como se fabricaban unas bolas de malabares con globos de plástico y arroz. Al rato, estábamos en el parque infantil de navidad montando en los autos de choque y por último quizá estuviéramos jugando al Pictionary.

Tras presentarme a Maite, la Educadora Familiar y a Esti la psicóloga de familia, ambas fueron muy amables, nos dirigimos al local.
Era más grande de lo que había imaginado, algo así como un campo de futbito. Oscar me fue explicando que había dos zonas: una dirigida a los jóvenes de entre 6 y 12 años, en la que había distintos espacios para jugar a juegos, aquí un tobogán, aquí una cocina con productos de fresco plástico, puzzles de construcción, pequeñas mesas para pintar… Otra dirigida a los de entre 12 y 18 años: ping-pong, futbolín, cómics, revistas, juegos de mesa, un par de ordenadores, una consola, bicis para prestar…

Estaba muy bien, además estaba pintado de manera muy colorista con dibujos en las columnas y en alguna pared con motivos un tanto infantiles acorde con la zona de los más pequeños. Mientras los observaba absorto, Oscar me comento que los había estado pintando con un chaval con el que llevaban varios años trabajando.

Encima de la zona de la cocina y tienda, habían dibujado un escaparate de supermercados Chachi en el que destacaban unos tomates de un rojo vivo ¡fresquísimos oiga! Y unos peces a medio pintar, esperando su turno para lucir orgullosos el brillo de sus escamas de pintura.

En la zona del ping-pong, la pared pistacho parecía un campo difuminado, desértico paraje. Imaginé como agitábamos los sprays dando vida a un lucido graffiti.

Era jueves, 11:25 horas, salía por la puerta de la ludoteca, de la nueva puerta que había abierto. Vista desde afuera, no parecía reflejar ningún mensaje, como una puerta que se confunde con la pared en un fundido sin manilla.

Pronto latiría desbocada expresando la enorme vida que habitaba en su interior y para los despistados, sólo para estos, un cartel, cual nota a pie de página, anunciaría a gritos “Ludoteca Enocio” .

Seguí caminando, no pude dejar de sonreír, mientras un escalofrío me recorría las terminaciones nerviosas. ¿Qué habría detrás de esta nueva puerta?

Esa noche, entre la niebla de las sábanas, el viento soplaba furioso desde poniente y con la mano izquierda me sujetaba con firmeza el gorro de capitán. De repente, un grito me sobresalto…

– ¡Capitán, se avecina tormenta!

Mire hacía popa, ¿qué demonios era eso? Fruncí el ceño intentando ajustar los catalejos de mi mirada… Entonces…