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Educación Social y Política

EDUCACIÓN SOCIAL Y POLITICA

Que la Educación Social tiene una intencionalidad es tan cierto como que la Política es necesaria para cualquier órgano de convivencia social o relación democrática que se precie de serlo. Quizás no sea la acepción mas reconocida, pero aún al final del túnel de desprestigios, podemos entender como tal la “actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto o de cualquier otro modo”. Padecemos, y es por ello los conflictos y hastíos actuales, aquella definición más clásica y concreta de la “actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos”. Con poco o ningún atino y malintencionalidad.

Hace hoy un mes que Facebook y Twitter son mi espejo público del alma. Alma social, pero también alma política. Por ello, no quiero redundar en posicionamientos o ideas ya versadas y analizadas sobre el 15-M y Democracia Real Ya. Por si alguien no lo sabe, son abrumadoramente más los pros que los contras (que los hay, obviamente). Intentaré no guiarme por la euforia, cuestión complicada para un educador apasionado y forofo en lo que hace y en el ser. Este apartado lo personalizo finalmente de alguna manera con esta imagen que venía barruntando en mi mente y hoy volvió a brotar, después de una reciente estancia en Lisboa.

¿Y cómo ven los profesionales de la educación social la política? Históricamente, la relación de nuestro ámbito y más concretamente el de las personas que en él ejercemos, ha sido bastante desigual, pasando por distintos niveles de comprensión, colaboración y contradicción o desilusión, a partes iguales. Ni más ni menos que la misma sensación de toda la ciudanía en general, de la cual formamos parte. En nuestros orígenes, las entidades, asociaciones y organismos abrieron paso en el profesionalismo procurando unas adecuadas y convenientes relaciones con las instituciones, mientras estas recogían la exigencia y responsabilidad pública de los distintos deberes sociales y ciudadanos que se iban consiguiendo. Fue más bien difícil, porque ese trabajo de “transferencias solidarias” que acostumbraban a realizar entidades de índole caritativo o asistencial, no eran más que una carga pecuniaria más, como la de los actos festivos locales.

El estado de bienestar y la consecución de mejoras en las políticas sociales introdujo un factor de conveniencia y colaboración mas acorde a las relaciones de este tiempo. Sin llegar a ser de igual a igual, las instituciones asumen y acometen presupuestariamente unos proyectos y servicios que ya se venían prestando de facto, pero que no acababan de profesionalizarse ni estructurarse del todo (amén de estar todavía en esa elaboración global de un mapa de política social mejor definido y estable): “Se deben dar estos servicios a la ciudadanía y ustedes que han venido desarrollándolos hasta ahora o que licitan a ellos con profesionales formados a tal efecto, pueden realizarlos”.

Los primeros tiempos de licitación y redes de colaboración fueron mas bien una toma de posiciones y búsqueda de (des)encuentros/negociaciones por ambas partes. En todos aquellos proyectos de titularidad pública, se entendía que no debía haber ninguna deficiencia presupuestaria, pero en el resto de proyectos seguía habiendo una asunción de costes por parte de las entidades asociativas, con los inconvenientes y desajustes que ello provocaba, optando por la búsqueda paralela de recursos con los que cubrir las necesidades del proyecto y su viabilidad.

Luego llegaron las fluctuaciones: licitaciones a cara de perro entre entidades que querían hacerse un hueco en el tercer sector, cambio de proveedores en según qué alcaldías y entidades o personas que los gestionaban, desconfianzas hacía el político por su marcado acento economicista y resultadista, inconformidades hacía las/los profesionales por su falta de “productividad o resultados”, cierre de proyectos por recortes presupuestarios, intrusismo en el ámbito social de entidades mercantiles, etc, etc…

¿Y las personas, qué? ¿Y si los educadores sociales decidiesen saltar a la política, como han saltado todas las demás profesiones? ¿Primarán en est@s las áreas de lo social, juventud o cultura, cuando se encuentren en puestos de responsabilidad política? A mi juicio, no. De igual manera que un médico que decida ejercer un cargo político, no debiera centrar su política en el área de sanidad, tampoco encuentro razones para hacer lo mismo en el área social, si bien es cierto que darle un toque de mayor relevancia o posicionamiento institucional debiera ser cometido, represente quien nos represente. Y es que uno ya es demasiado viejo para seguir oyendo aquello de que Urbanismo y el Área Económica son siempre las “dos niñas bonitas” del reino municipal, provincial, autonómico o estatal.

Compañer@s, ha llegado la hora. El/La educador@ social ha llegado a la política y estimo que con ganas de hacerlo bien y representar lo mejor posible a la ciudadanía. Estaremos atentos a sus pasos y daremos cuenta de ellos: buenos, malos o regulares. De distintos colores y signos ideológicos, sólo les deseamos suerte, honradez y responsabilidad, ¿les suena?

Ya están haciendo el camino: Educador social alcalde de Basauri (PNV), 2º Teniente alcalde de Etxebarri (Partido Voz Pueblo), educador social de IU en Leioa, educador social de UPYD en Alcoy, educadora social en Vic (Unitat Popular-CUP), educadora social de Bildu, educador social en La Lastrilla, Segovia (PSOE)….

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