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Diario de un Educador: La Ludoteca Enocio abre sus Compuertas

El barco pegó una fuerte sacudida hacia babor, para después inclinarse bruscamente hacia estribor como un paso de baile que sigue a otro de forma automática.

Por un momento, me sentí caer, pero mi brazo izquierdo se asió, cuál resorte, a una de las cuerdas que ascendían hasta lo alto del mástil sobre el que la tela se agitaba en ataque epiléptico ondulado.

Las sacudidas, se sucedían cada vez más fuertes, continuas y profundas. A penas podía mantenerme en pie, presa de un baile agitado. Por un momento, entre el viento, las partículas de agua y los jirones de nubes, me pareció distinguir un destello, quizá fueran dos… como un par de ardientes ojos penetrantes, que me atravesasen como a una masa de pomada de mantequilla. El aire me faltaba, la agitación del barco era casi una balsa de aceite en comparación con el torbellino de mi interior…

Sentí una sacudida definitiva, me pareció que el mundo daba vueltas en una espiral interminable, todo se difuminaba en una mancha de distintos oscuros. Sentí como el gorro de capitán se desprendía a cámara lenta de mi aturdida sesera. Intente asirlo, pero esta vez, los músculos de mi brazo, agarrotados, entrelazados cual antiguo nudo, no respondieron a tiempo. Con un desgarrador chasquido, empezaron su marcha hacia el sombrero que hacía tiempo que voló formando ya parte de esa gran mancha oscura que no paraba de voltearse sobre si misma…

¡Caía, caía, hacía el abismo! Caía, ¿dónde está mi sombrero? Caía sin destino y con la cabeza desnuda, caía…

Me desperté ahogado en mi propio sudor. Hacía tiempo que no tenía un sueño tan palpable, tan perceptible. Me fui directo a la ducha, confiando en su capacidad de borrado y por un momento recuperé la conciencia de mi mismo y de dónde me encontraba.

Hoy era mi primer día al frente de la ludoteca. Cogí con mano temblorosa las llaves de mi bolsillo, que tintinearon por un instante. En frente, la puerta coronada por las letras “Ludoteca Enocio”. Casi sin pensar, gire la llave en tres interminables vueltas en el interior de la cerradura. La puerta chirrió quedamente en una trayectoria de ida y vuelta con estruendo final. Me dispuse a subir las escaleras que desembocaban en el local sin faltar a mi cita con el traspié. No en vano, el pasillo en el que se situaban las escaleras era oscuro y estrecho. Ya estaba en el descansillo donde se situaba una nueva puerta jalonada por otro letrero gemelo al de abajo, aunque más chapucero, como un doble en una escena de peligro. Giré vuelta y media la llave y me hallé en medio de un absoluto silencio, testigo de la cortante quietud de las cosas. Respiré hondamente varias veces en busca de la tranquilidad que no encontraba y tras echar un vistazo de 180 grados, encendí las luces que tartamudeando despertaron los colores de la estancia. Eran las 16:45. Empecé a andar sobre el local como quién mide mentalmente la distancia de su salón, di pasos en todas direcciones, por la zona del ping-pong y el futbolín, por el supermercado “Chachi”, por la zona de construcciones, entre las mesas, bajo las bicis, frente a la televisión, junto a los ordenadores, por la zona del ping-pong, entre las mesas…

Se me estaba haciendo interminable. Era la cuenta atrás más larga de mi vida.

Las cinco menos 3 minutos y cuarenta y siete segundos, cuarenta y seis, cuarenta y cinco… ¡uff! Voy a mirar los cajones de detrás del mostrador dónde me hubiera de ubicar al menos a ratos. Allí estaban las pelotas de ping-pong en un bote de tamaño colacao transparente, dos pares de palas, una cajita con diez bolas blancas inmaculadas de futbolín, un bote con bolis, algunos rotuladores, un cuaderno pequeño cuadriculado, varias cajas de pinturas de colores, gomas de borrar, clips, una grapadora oxidada, dos sacapuntas, unos lápices desigualmente desafilados…

Cogí el cuaderno, lo abrí por la segunda página y me dispuse a escribir la fecha con cuidado, con dedicación absoluta, lo cuál no evitó que los números y letras reflejasen mi mala caligrafía. Las cinco un minuto y dieciocho segundos, no hay nadie. Y si no venía nadie, me pregunte para mí en una mezcla inverosímil de sentimientos de alivio, miedo y frustración. Agite la cabeza a ambos lados para sacudirme las incertidumbres. ¿Habría hecho Oscar la difusión de la que me habló por teléfono?

Me contó que iba a pasar una circular por los centros de la zona y que iba a hacer un par de llamadas a orientadores con los que tenía buena relación.

Por un momento, pensé que no había llamado a nadie, que esa nota informativa se había perdido entre los hilos de la línea telefónica… ¿y si no venía nadie? Un escalofrío me retorció el cuerpo, no pude evitar elevar los hombros y fruncir el ceño. Las cinco, treinta y siete minutos y tres segundos, cuatro segundos…

¡No lo soportaba más! Me di otra vuelta por el local, nervioso intente respirar profundamente en busca de un ligero alivio. ¡No vienen! ¿Qué hago? Había representado en mi cabeza de muchas formas ese, este primer día. Había imaginado como jugaba con sonrientes chavales, como reñía a una joven por haberle tirado un tomate de plástico a su compañera de juego, como un chaval, alto para su edad, alzaba los brazos en señal de victoria tras un gran paralelo en el ping- pong… Había pensado en multitud de posibilidades, en todo menos en que no viniera nadie. Un nudo se tensionó dentro de mí y me encorvé levemente como un ser inerte más que se fuese haciendo cada vez más pequeño en el espacio vació de la ludoteca. Las seis y trece en punto.

Me pareció oír la puerta de abajo chirriar, me pareció sentir unos pasos ajetreados, pero la puerta inmóvil, como pegada en su propio marco, no se movió ni un ápice. Corrí hacia el ventanal. Una madre llevaba la compra mientras presumiblemente su hija e hijo pululaban alrededor, chinchándose sin parar y poniendo de paso en un estado de nerviosismo continuo a su cargada madre.

Abrí la ventana y grite con todas mis fuerzas, casi dejando la garganta en cada letra, ¡venid a la ludoteca, venid, por favor, no os marchéis…! ¡No os marchéis, no, no…!

Los tres se perdieron tras la esquina. Me quede inmóvil por un instante que pareció no terminar nunca, con la mirada fija en aquella esquina, pero aún así, perdida.

Nunca abrí esa ventana, nunca grité esas palabras, me di la vuelta y arrastrando mi frustración, me senté en la silla de frío plástico de detrás del mostrador y apoyé el mentón sobre la palma izquierda, mi cara debía reflejar una expresión un tanto patética, las siete menos doce minutos y cuarenta y dos segundos…

El tiempo fue transcurriendo mientras yo me desvanecía progresivamente de la estancia, imbuido por una gran mancha que me arrastraba en espiral hacia las profundidades del inconsciente. Las siete, veintitrés minutos y veintiocho segundos… A veces, a pesar de que cuando lo pasamos mal pensemos que el tiempo transcurre con una lentitud insoportable, éste sigue su curso, ajeno a nuestros sentimientos, con igual paso, con igual zancada. Las ocho, siete minutos y dieciséis segundos…

Por dos veces creí escuchar pasos, ruidos, gritos, señales de vida inteligente en ese inhóspito planeta de “Enocio” situado en una galaxia olvidada…nada.

El reloj sobre la compuerta marcaba las nueve menos veintitrés minutos y ocho segundos. Mañana llamaría a Oscar sin falta.

Desorientado, sin saber que hacer, que pensar, me deje arrastrar por el movimiento de las manillas que marcaban el horario en el que las compuertas se abriesen y pudiera al fin escapar de esa cárcel de soledad y vacío. Las nueve menos 12 minutos y treinta y tres segundos. Me levante de un salto, empecé a dar vueltas montado en un tiovivo imaginario. El tiempo no avanzaba, las nueve menos 7 minutos y 12 segundos. Volví a la cajonera, abrí los cajones uno a uno, memorice el numero de bolígrafos (14), volví a cerrarlos, otra vuelta, las nueve menos tres minutos y 43 segundos, cogí las llaves, tintineando éstas nerviosas, contagiadas por mí mismo…

08:59:49
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09:00:00

Con las llaves en la mano derecha, gire la cerradura rápidamente (vuelta y media), bajé a trompicones en tres saltos las escaleras sin percance alguno, casi chocando con la puerta de salida, tire de ella hacia mí tragando una gran bocanada de aire que entró desde exterior. Por un momento parecieron resbalárseme las llaves de la sudada mano, giré la llave (tres vueltas). Con paso acelerado puse cemento de por medio, y sin mirar atrás, me fui hacia el tren.

Sólo entonces me sentí un poco aliviado. Había sido un día extraño. Nervioso por empezar, expectante por como me iba a desenvolver con los chavales y… No había venido nadie.

Luché por rescatar el Alex positivo del pozo oscuro en el que me sentía en esos instantes. Las puertas del vagón se cerraron tras de mi, delante de mis narices, un grupo de jóvenes charlando animadamente.

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