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Educador Errante: Paisajes de Verano IV

Una compañera y amiga de profesión suele comentar, al iniciarse un caso nuevo con visos de complicaciones, que “parece ermita pero es catedral”. La de Mondoñedo no lo parece, lo es. Cuna de grandes reposteros, caminando por sus calles pronto te percatas que es agradecida con sus gentes y convecinos. Fue también lugar de crianza de un grande de las letras gallegas: Alvaro Cunqueiro.

Es justo reconocer que su viejo resplandor eclesiástico pasó a mejor vida, en concreto a la vida ferrolana, pero no por ello dejó de perder su encanto y vetusta calidad monumental: antiguos colegios, hospicios, abadías y su hermoso adoquinado en sus callejas entrelazadas, dan buena fe de ello.

Dejamos el interior y volvemos a la costa. Esa abrupta pero hermosa mariña, que cada día, haga sol, nieve o lluvia, no deja de sorprendernos con sus bellos espectáculos naturales: brisas marinas, oleajes embravecidos, arenas blancas tupidas de algas. Viveiro es un ejemplo clásico de municipio costero sostenible. Su casco viejo, convive con los progresos de la nueva hostelería y el acompañamiento de sus turistas de verano. No somos muchos, pero se siente. Quiere mantener el encanto de su vieja ría y promover la visita y convivencia de gentes de fuera para disfrute de sus playas y, por ende, de su nueva fisonomía post-ladrillo. Como el verde abunda y los bosques están cercanos, pareciera que el boom inmobiliario no pasó por allí, pero estar, está.

Nuestro próximo objetivo es una de las claves meteorológicas de la península. Estaca de Bares, solo hace honor a la mitad de su nombre, pues de los segundos no se tiene constancia en este bonito entorno recortado. Donde antes se intuía brillo, economía de proximidad y pequeños negocios, ahora solo quedan bancos sombríos y paradas de autobuses vacías esperando a sus viajeros. El faro del faro, aún siendo de día, nos va indicando que poco a poco hay que ir acercándose hacía el otro punto costero de referencia: Cabo Ortegal.

Más bonito y espectacular que el primero, este nos ofrece la posibilidad de visionar, aunque solo sea de paso, pueblos con renombre y potencial artístico y cultural: Ortigueira (con su sempiterno e inigualable festival de música celta y folk) y Cariño (intuyéndose una hermosa villa marinera de casitas estrechas y coloreadas que flirtean con el mar).

Pero nos quedamos en el Cabo que, como muchos otros, nos mira a lo lejos con su inmenso monóculo de cemento y cristal. Imaginas, como no pudiera ser de otra manera, si las viejas leyendas de marineros y piratas habrían tenido cabida entre sus aguas. El sol nos va dejando por el horizonte, como si nos dijese en su despedida que los acantilados de Herbeira y su vieja casona-mirador deben ser nuestro último refugio cultural del día.

Hagámosle caso entonces y sigamos el camino.