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Educador Errante VIII: Últimos Aires de Morriña

Pensaban erróneamente, viajera (sin ella no serían los mismos estos recuerdos y pasajes) y educador-acompañante, que era momento de embalaje y análisis. Pero si algo mágico tiene la aventura y las vivencias, es que son impredecibles.

Nuestros cuerpos se resignan a marcharse y nuestros corazones, menos aún. Por tanto, con sus permisos laborales bien resueltos, era hora de aún exprimir más el viejo reloj de arena. Siguiendo en Galicia, para no cambiar de buenas costumbres.

En una tarde de estas, de mutuo acuerdo y bien convenido el discurrir, tomamos camino a la bella Allariz. Cumple desde hace años con varias de las premisas concitadas para nuestra atracción: la creación y regeneración del casco antiguo en torno a nuevos comercios textiles de bajo coste y calidad. Grandes de la moda, revisten con sus sedas las bonitas calles de la villa, dejando así unos viejos edificios y comercios, en la cúspide del buen gusto. La otra poderosa atracción es su pequeño oasis fluvial bajo el puente viejo romano. Una fotografía poderosa que cálidamente te acoge a su vera, para olvidarte de la gelidez de sus aguas.

Los últimos suspiros se los lleva un atávico evento transfronterizo de fieras y ganaderos. Al Norte de Portugal se halla la vieja villa de Montalegre, cuna noble en sus tiempos, de linajes y castillos. A Chega dos Bois, es un violento choque de trenes bovinos, hasta la huida de alguno de los contrincantes. Al albor del almuerzo, se dan cita en pleno foro, dos enormes bueyes portadores del prestigio y del nombre de sus ganaderos propietarios. Los viejos caseros y sus extensas propiedades, además de empujar a los animales hacía el cornamento, sacan a relucir sus excelsas billeteras para dar rienda suelta a sus antojadas apuestas.

Antes de partir de vuelta hacía el reencuentro con la montaña occidental leonesa, nos bajamos a la feria de la querida y tan vivida, Verín. Es un ritual gastronómico el degustar antes del paseo junto a su mercadillo de la Plaza Mayor, unos callos con garbanzos junto a un ribeiro. Aún siendo plena mañana, se antoja como un placer para estómagos entrenados; pero la tradición manda y la siguiente parada gastronómica no se hace esperar: unas tapas de pulpo a feira, carne o caldeiro y unas botellas de Godello. Casi sin combatirlo, nuestros cuerpos se aletargan entre el sol sofocante de verano y nos invita a reposar de tanto exceso.

Más adelante nos quedará alguna que otra grata sorpresa, para desmentir aquello de que los regresos tienen que ser grises y tristes.