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El Orden de las Cosas

El Orden de las Cosas

Como novel e hiperactiva profesión que se precie, la Educación Social navega últimamente junto a distintas corrientes y posicionamientos, en aras de cimentar su corpus general de conocimiento. Una larga trayectoria detrás de la Pedagogía y las Ciencias Humanas, con gran acierto para nuestros quehaceres y menesteres, nos ha servido y nutrido a lo largo del pasado siglo. Pero siendo ambiciosos y realistas: ¿Debería ser la misma educación social en el siglo XXI?

Otros profesionales, entre los que me incluyo, venimos demandando un día si y otro también, que la apertura a las ciencias y nuevas metodologías es una necesidad imperiosa para nuestro asentamiento y progreso, tanto ideológico/filosófico como deontológico/laboral. Apertura a las ciencias, a la tecnología, a la cultura y al afamado y a veces denostado en nuestro sector: I+D. Un replanteamiento cartesiano al modo de: “Investigo, luego nos desarrollamos”.

Así pienso y así lo explicito allá por donde voy. Pero he aquí, dentro de las hermosas y continuas contradicciones a las que en ocasiones se ve sometido nuestro planteamiento profesional, que una de estas semanas atrás me dieron una colleja ideológica a modo de reflexión. El amistoso agresor fue un trabajador social coordinador de un servicio de acogimiento residencial, en otros tiempos soldado raso de la educación social en primera línea de trinchera.

El equipo educativo del hogar llevaba un tiempo estrujándose los sesos para retomar (o mejor dicho, asistir) una intervención especial con un menor. Era un caso tipo visto en muchas otras ocasiones, donde naufragaban las respuestas en un mar de dudas e incoherencias. Cada persona es un mundo y si es niño o niña, puede que hasta una galaxia; pero la cuestión era que las respuestas, supuestos y análisis previos de su realidad personal y familiar, no acababa de mostrarnos su verdadero yo, superyo ni el otro-yo.

Varias reuniones después, coordinaciones con psicólogos, trabajadores sociales, profesores y un sinfín de educadores de por medio, para llegar al final del camino tal como iniciábamos nuestra realidad diaria: ¿Qué le pasa, por qué y como podemos ayudarle? La respuesta, lejos de ser un abatimiento o cruzada de brazos, se resumía con un: “A este chaval no se por dónde pillarle. Cada vez actúa de forma más rara e injustificable”.

Habíamos preparado diferentes alternativas, trabajado nuevas intervenciones, innovando otras perspectivas… y después de unas semanas, nos echaba un jarro de agua fría con algún desaire bestial: desde orinar en una papelera hasta robar unos zapatos de mujer.

Pero esta reunión de la que hablábamos iba a ser diferente. El viejo soldado eduso, analiza fríamente los datos puestos sobre la mesa y sentencia con una de esas frases hipnotizante. Sencilla, corta, de sentido común: “¿Y si a la postre dejamos al chico que siga en el devenir de los acontecimientos y sea la propia realidad, con el paso del tiempo, quien realice la acción/intervención de recolocación in-situ de los mismos?”.

No podía ser, que un equipo entero luchando semana tras semana con la acción-reflexión-acción, reservando espacios de reflexión fuera del trabajo de equipo y llevándonos a casa dudas de tipo alfa, beta y gamma, no obtuviésemos respuesta alguna satisfactoria. O que, de las conclusiones adquiridas, fuese al menos una la idónea.

No podíamos permitirnos (ni la profesión lo merece), que la fuerza del destino nos describa nuestro trabajo. Es por ello, después de curarme las heridas y habiendo bajado el hinchazón testal, que siga creyendo ciegamente en la cooperación multidisciplinar y la necesidad de la misma.

Aunque a veces, obviamente, el orden de las cosas tiene una lógica mas sencilla y más fuerte de lo que pensamos en origen.