Tags

Related Posts

Share This

¡Qué Paradigma, ni qué Carallo!

QUE PARADIGMA, NI QUE CARAYO

Son tiempos de zozobra, donde el totum revolutum tiene más vigencia que nunca. Apartados los políticos (representantes de la soberanía popular, no lo olvidemos) y recién llegados los tecnócratas, parecen que las aguas turbulentas siguen por su cauce. El caudal económico sigue tan desbordado que ni el mejor capitán de las Europas, logra gobernar el timón. Lógico, ya que el barco sigue siendo propiedad de una sola compañía: Merkozy S.A.

Últimamente leo, veo y escucho, no sé si por ese orden en nuestra cotidianeidad desordenada, manifiestos y análisis de la realidad social, profundamente pesimistas pero agradecidamente voluntariosos y transformadores. Por la profesión vuelve a asomarse vieja terminología, creída como superada, que nos retrotrae al inicio de la industrialización antes de la concepción del estado del bienestar: Injusticia social, resurgimiento de los invisibles, desigualdades sociales, beneficencia, pobres y ricos, etc, etc, etc…

Que la Educación Social no es ajena ni debe permanecer inmóvil ante tal desmembramiento de los derechos conseguidos, parece tan obvio que por momentos la presuposición parecería valer como fin. Osea, que apuntando y criticando sobre los recortes en rentas básicas de garantía, en atención sanitaria o educación, fuese nuestra única arma reivindicativa de cara a los organismos u administraciones públicas. Hacemos crítica social, pero para la acción deben ser otros los protagonistas.

A partir de ahí, podría ser que nuestra teoría, fuese solamente eso: teoría, dado que la acción (que implicaría también la reflexión activa y el análisis crítico de la realidad dentro del conjunto de la sociedad) pasa a ser exclusiva de profesionales (partidos políticos, patronales empresariales o centrales sindicales) o movimientos sociales esporádicos (véase 15-M)

Llegado a este momento, suelo referirme con algo de sorna pero profunda preocupación, al déficit comunicativo existente en la educación social, frente a otras formaciones o grupos: ideológicos, culturales, laborales o religiosos; haciendo hincapié en cómo es posible que la Conferencia Episcopal opine sobre la vida pública ( y privada si me lo permiten) del estado de la nación y la profesión que nos ocupa, nos cueste tanto sudor, lágrimas y esfuerzos canalizar o vehiculizar una opinión acorde a nuestra filosofía y línea de actuación, amén de confundirnos (¿acaso no lo hacen nuestros políticos y nuestros banqueros?)

Por esto y rememorando aquellas viejas disertaciones magisteriales sobre los paradigmas educativos, cuantitativos, cualitativos o transformadores, me surge el miedo de querer trasladar a nuestra ciudadanía parte de nuestro acompañamiento y labor diaria, en momentos donde se están jugando el pan y las posibilidades de formar parte activa de este barrio, ciudad y país. No vaya a ser que se me quede cara de lelo al oír de alguien la exclamación que encabeza este artículo.

Al menos, procuraré ir con la cabeza bien alta por si logramos concienciar (intervención intrusiva incluida) a parte de la ciudadanía y a la mayor parte de las personas con necesidades de apoyo socioeducativo y asistencial, de que un mundo igual o mejor que el de hace dos días, sigue siendo posible.

Pero para ello, hay que lucharlo, porque no nos llevemos a engaños: En las movilizaciones sociales y laborales habidas en los últimos años, los rostros de la gente nos eran muy reconocibles, echando en falta la presencia de los que ahora damos en llamar los invisibles. Ausente en definitiva, su única y principal arma: la visibilidad.

Pintura: Antonio López