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“Me Declaro Incompetente”

Me declaro Incompetente

Suena dura, ¿verdad? La declaración del título, digo. No suele ser habitual que alguien exponga públicamente su incapacidad o incompetencia para desempeñar una determinada labor. No estamos acostumbrados fundamentalmente por el miedo a las consecuencias sociales, por la inquietud que nos genera ser reconocidos o tachados como fracasados o fracasadas. Y, en este caso, de ese miedo al “qué dirán” no nos libramos ni las Educadoras ni los Educadores Sociales por muy Educadores y Educadoras Sociales que seamos. Uf, sólo de imaginar qué pensará mi coordinadora, mi compañero de programa grupal o la Trabajadora Social con la que me coordino, me pongo malo.

Pero, hete aquí que, aún con todo, la Educación Social también es diferente en este sentido; sobre todo y fundamentalmente en la relación socioeducativa con las personas con las que trabajamos. Pongamos un ejemplo práctico para explicarlo.

Imaginemos un caso con un padre con el que llevamos mucho tiempo; un caso en el que hemos invertido un gran esfuerzo; una persona por la que hemos removido Roma con Santiago, por la que nos hemos coordinado con los agentes más inimaginables, por quien volvemos locas a nuestras compañeras de equipo al darles la txapa sobre él; un padre con quien hemos reído, con quien hemos llorado, con quien nos hemos enfadado, a quien hemos entrevistado en su casa, en nuestro despacho, en la calle… Una persona con la que, a pesar de todo el tiempo pasado y todos los esfuerzos realizados, seguimos sin cumplir los objetivos que nos habíamos marcado.

Llegados a este punto, creo que se puede decir: “Me declaro incompetente“. No sólo se puede decir si no que, en mi opinión, se debe y, además, es fundamental que, en este caso, ese padre lo escuche, que oiga un “me rindo”, un “necesito unas vacaciones de usted”, un “lo dejo”, un “bye, bye”, etcétera.

¿Por qué en estos casos sí es necesario admitir nuestra incompetencia?

1) Para recordarnos que los Educadores Sociales, aunque a veces lo creamos, no somos dioses si no personas.

2) Para recordarnos que los Educadores Sociales, aunque a veces lo creamos, no somos imprescindibles.

3) Porque, quién sabe, a lo mejor, el hecho de que esa persona escuche esta rendición por parte del Educador o Educadora, puede suponer la clave que le puede hacer reaccionar para tratar de arregalr su situación.

La incompetencia como estrategia educativa. No sé si en otras profesiones se puede llegar a afirmar una máxima como ésta, pero creo que en la nuestra sí.

Eso sí, el hecho de que admitamos la impotencia con una persona no quiere decir que la abandonemos. Esa persona puede retomar un vínculo socioeducativo con otra compañera o compañero.. Al fin y al cabo, no tenemos porque tener feeling con todas las personas con las que trabajamos, pero aquí ya me meto en otro tema que será mejor dejar para otro día.