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Ni Clowns con Malabares, Ni Psicoanalistas de Diván

Ni Clowns con Malabares Ni psicólogos de Diván

Somos una profesión cada vez más fuerte. Esto es indudable. Contamos con nuestra titulación (primero Diplomatura, ahora Grado), con nuestros Colegios y con nuestra base teórica. Una base teórica que se nutre de diferentes ramas o especialidades y que, como no puede ser de otra manera, alimenta nuestra práctica.

Con más de 10 años de dedicación en esto de la Educacion Social a mis espaldas, me veo capaz de describir la evolución que, bajo mi punto de vista, he visto. Nada más y nada menos.

Así, en 2001, se estilaba mucho la Intervención o Educación de Calle o en Medio Abierto (dentro del ámbito de la protección al menor en Servicios Sociales de Base, Municipales o Primarios) Tengo la impresión de que hace una década (casi once años ya), no se le daba tanta importancia a la (¿necesaria?) parte burocrática de nuestro trabajo, esto es, a los expedientes, a los informes, al trabajo de despacho…

Echando la vista atrás es como si se viese nuestra labor un poco impregnada por una cierta improvisación (aún cuando todo estuviese perfectamente planificado) y por una tendencia a la sobreactuación. Una intervención, a principios de siglo XXI, todavía muy influenciada por el trabajo que, de siempre, se ha hecho desde lo comunitario.

Poco a poco, el carácter o perfil de la labor en Educación Social fue cambiando. Poco a poco, se empezó a protocolarizar todo mucho más, las herramientas de trabajo (entendiendo estas herramientas como listados de indicadores, protocolos de Intervención, etc…) se especializaron, se fueron complicando (si me lo permiten) y se empezó a dar más valor a la “intervención de despacho“, sin que ello quiera decir, como todos sabéis, que desaparezcan las fundamentales y necesarias actividades grupales, las intervenciones en la calle o las visitas domiciliarias.

En mi opinión, si antes hablábamos de como hace diez años era el tejido asociativo y comunitario el que, en cierta forma, marcaba el modelo de trabajo de nuestro colectivo profesional, con el paso del tiempo, la corporativización o empresarización de las entidades y el asentamiento o reconocimiento de la profesión son ahora las líneas que, bajo mi punto de vista, marcan (¿marcaron?) la Educación Social.

Como casi todo en esta vida, el término medio es lo ideal y creo firmemente que es a ello a lo que debemos tender. Es decir, ni disfraz de clown con juegos de malabares ni gafas con correa en las patillas, rollo psicoanalista de diván; ni asociación de barrio, ni macroconsultora especializada en coaching sistémico-analista de todos los santos.

Decía al principio que, según estas dos tendencias mencionadas, diferentes bases teóricas o influencias de otras disciplinas marcaban nuestro trabajo. Así, quizá por mi propia etapa evolutiva y mi escasa experiencia, hace 10 años percibía las técnicas relacionadas con la Animación Sociocultural como mi principal fuente teórica, por así decirlo; posteriormente, a los 6 años o así, comencé a notar una mayor influencia de conceptos más cercanos a la psicología.

De ambas disciplina (y de otras) pica la Educación Social, pero – y volvemos al quid de este post – hemos de cuidar(nos) de no perder nuestra identidad profesional. Y es que, desgraciadamente, ejemplos de que ese riesgo se da los hay. He escuchado a compañeras mostrarse descontentas tras recibir una formación en juegos educativos. O a compañeros quejarse porque no ven qué les aporta como Educadores Sociales una formación en Constelaciones Familiares o Gestalt.

Y sí, antes de que empiecen a “lapidarme” en los comentarios, admito que toda formación que se reciba de todas las ramas posibles siempre es poca, pero, por favor, no olvidemos lo que somos: Educadores y Educadoras Sociales, ni psicólogos ni animadores socioculturales.