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Educadores Sociales: el Fin de Nuestros Días

Un padre que no puede convivir regularmente con sus hij@s es una realidad indeseable que en ocasiones se produce con mayor asiduidad de la que nos gustaría. En estos años de profesión he visto a varios trabajadores sociales y técnicos de infancia, prolongar oportunidades y rebuscar un halo de responsabilidad familiar en ámbitos casi inhóspitos y hasta puntos de no retorno. También puedo afirmar de este periplo, no haber visto a ningún profesional de los antes mencionados disfrutar o naturalizar la ejecución de un ingreso residencial relacionados con menores.

Recientemente aterrizaron en el hogar de acogida los padres de Patxi, con la sana intención de realizar su visita semanal, pero esbozando una sonrisa especial no vista en ocasiones anteriores. Para un educador positivista y constructivo que se precie, no hay mejor manera de iniciar una visita: unos padres gozosos y alegres con ganas de reencuentro y un hijo expectante con ganas de devolver ese compromiso.

El padre no se esfuerza nada en ocultar su rol de cabeza visible de familia, restando cualquier atisbo de protagonismo a su esposa. Fuerza como nadie el contacto físico y acapara mas focos de atención que Almodovar en una alfombra roja. Confunde la protección y colaboración a sus hijos, con la suplantación de los mismos, dejando sus propias autonomías a ras de suelo. Todo lo puede y todo lo sabe… o eso quiere creer.

Pero Patxi se está haciendo mayor y empieza a entender porqué está en un centro de protección y sus padres no pueden ejercer debidamente como tales. Recuerdo nítidamente como, a la semana de conocernos, el joven púber se dirigió a mí mientras nos devolvíamos de un momento de juego en un parque colindante. Giró la cabeza hacía atrás y, sin preguntar, me espetó con escasos nueve años: “estamos aquí porqué nos han echado de nuestra casa. Nos han desahuciado”.

El padre multiusos y erudito cuenta sus compromisos laborales con los dedos de una mano y aún le sobran dedos. Siempre está trabajando para ayer, no acabando de salir nunca el sol por su horizonte. Las viviendas en las que han permanecido, son de consumo rápido y sin visos de permanencia, siempre a expensas de la responsabilidad ajena, nunca la propia.

Pero hoy debe ser un día especial por la alegría que muestra. Dice que ha visto en la televisión al presidente Rajoy y este ha manifestado algo parecido como que no se pueden sostener los programas sociales y por tanto tendrán que recortarlos:

“Lo siento por vosotros, porque vais a perder el trabajo. Pero por fin voy a poder recuperar a mis hij@s”.

Por fin llega el momento de poder compartir una aseveración tal con nuestro padre referente y poder darle la razón en algo. Nuestra existencia como educadores tiene fecha de caducidad y esa no es otra que la excelencia del estado de bienestar: cuando esta sociedad no precise de profesionales de la educación social será porque el sistema es justo, equitativo, participativo, pacífico, solidario y colaborativo. Llegado ese momento, no hay más que discutir: todos los educadores sociales deberíamos irnos a nuestras casas y pensar en otra labor profesional.

Mientras tanto, le recuerdo a nuestro padre insigne, aunque no le guste oírme, que tenga suerte de aquí en adelante y se esfuerce muchísimo más en el mantenimiento de su familia, dado que el presidente Rajoy no va a poder sufragarle todos los gastos a los que está adscrito desde tiempos inmemoriales. Y piense mucho qué tipo de vida esta capacitado de facilitar a sus vástagos.