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Cifras Sin Letra (II)

Determinantes numerales, para una realidad por escribir. Volvemos a situarnos en la parte amarga del debate, donde lo cuantitativo se impone al análisis, la reflexión y el conocimiento sistémico de las cosas. Esas cosas que damos en llamar: nuestras historias personales.

Tengo un compañero incisivo, qué le vamos a hacer. Y aunque no le guste reconocerlo, habla más que yo aunque se muestre más prudente al hacerlo. No suele convencerse a corto plazo (sigo pensando que, en ocasiones, ni el largo plazo le consuela) y pone más carne en el asador, tal y como el mejor Groucho Marx haría: “Me puedes traer las cifras que quieras. Yo también tengo aquí las mías“. No me lo dice a mí, sino que lo suelta al aire y para aquellos navegantes de la política patria que las utilizan casi a diario.

Hablamos de la posible tecnificación de la educación social de un tiempo a esta parte y nos remontamos como viejos camaradas al fragor de las batallas de cuando empezábamos en esto y como transcurría la profesión y nuestra relación con los técnicos o las instituciones titulares de los servicios que desarrollábamos. Tiempos donde la letra tenía un valor mayor, por no decir superlativo, y los números empezaban a asomar en el sector, pero aún no prioritaban en los altos cargos de las administraciones. Ya saben aquello de que el trabajo con personas no se puede medir en muchas ocasiones y mucho menos en el corto plazo.

Ahora, la realidad es distinta. El papel mojado no se puede secar ni soplando y los resultados son tan tangibles y realistas que se pudiesen medir con escuadra y cartabón.

Llega el momento de responder a los técnicos, a los políticos y a las administraciones (que son de tod@s y somos tod@s). Sino lo hiciéramos, no estaríamos cumpliendo con nuestro trabajo, por mucho empeño que le dediquemos y mucha calidad que le añadamos. El papel ya no empieza a aguantarlo todo y en todo caso, si no hay cifras en el mismo, puede que te lo echen para atrás sin antes cuestionar su futura viabilidad.

Leo en la memoria anual del servicio de atención al menor, que el pasado año se recibieron 3.267 llamadas con 98 casos de nivel grave. Cualquier persona a la que le llegase ese dato escalofriante, no podría más que congratularse con el mismo y sentirse afortunada por pertenecer a un sistema de protección potente (aunque no sea infalible).

Sin embargo, la realidad se suele retorcer para aclararnos, una vez más, que no todas las miradas están puestas sobre el mismo foco. En todo caso, nos revela que los intereses y los bandos, siguen en boga en el mundo de los adultos. A los pocos días, nos topamos con un titular en el que todo el servicio de atención al menor, se pudiese resumir en la incuestionable división del total de llamadas recibidas, entre los días del año transcurrido, aliñados con el coste económico del mismo.

Frente a estos cuestionamientos y conclusiones, nos queda la evidencia y la razón de que muchos de los servicios sociales que desarrollamos no tienen un coste tangible al que apegarse. Defender la vida de un@ niñ@ o proteger a las mujeres objeto de violencia por parte de sus parejas (Muyeres dixit), solo tienen un valor: el incalculable.